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EL DESENCANTO

El año del descubrimiento. Antidisturbios.
“…somos la última generación de niños obreros de este país…”

Por Diego Rodríguez

 

Mi hermano mayor nació en 1964. A los 14 años (en 1978) ya estaba trabajando detrás de una barra. 14 AÑOS.

A veces le pregunto cómo fue el vivir los “80” en directo, cómo fue vivir aquella explosión cultural en primera persona, y su respuesta suele ser muy ilustrativa:

“…en aquellos años yo estaba muy ocupado en trabajar y buscarme la vida…”

Mientras, en el año 1982 mi hermana se fue a vivir a Madrid con 17 años…

Lo hizo como “interna” (cómo nos gustan los eufemismos) en una casa de ricos.

Esto eran los 80 en mi casa.

El 3 de febrero de 1992 una revuelta obrera en Cartagena incendió el Parlamento de la Región de Murcia. Una manifestación pacífica fue reprimida salvajemente por los antidisturbios llegados de Madrid. Estos “palos” indiscriminados provocaron un levantamiento masivo de unos trabajadores ya cansados de promesas incumplidas.


Cartagena venía de 127 manifas en 180 días. Sólo faltaba la chispa.

La película de López Carrasco intenta aportar algo de luz sobre este hecho inaudito dando voz a los protagonistas.

Nadie nos contó la cara B de los años 80, nadie nos contó la historia de los desheredados de aquella década maravillosa. Solo recordamos la “Movida”, o eso fue lo que nos vendieron los ¿medios de comunicación?.

Nadie nos ha contado la historia de los Robert Polson, personas nacidas en las barriadas de la gran ciudad, Madrid o cualquier otra, o incluso en el pseudo-barraquismo, que no hacían fiestas con Alaska o Mario Vaquerizo, que oían grupos como Leño, Coz o Panzer. Gente que se comió toda la reconversión socialista, con sus padres que se fueron al paro y ellos no encontraron trabajo, teniendo en el caballo al gran aliado para la evasión.

Los 80 fueron, según la historia “oficial”, los años de la modernización de España, los años de las mayorías absolutas del PSOE, de las frases lapidarias de dirigentes socialistas (“…Vamos a poner a España que no la va a reconocer ni la madre que la parió…”). También fueron años de pelotazos, de reconversiones (otro eufemismo) industriales despiadadas, de reformas laborales (neo-liberales).

En este extraño 2020 encontramos por fin a alguien que se atreve a contarnos qué fue lo que pasó en aquellos años. Y Luis López Carrasco lo hace a través de sus verdaderos protagonistas

En la película de López Carrasco un veterano trabajador de los astilleros de Cartagena nos habla de sus comienzos en el mundo del “tajo”. Este hombre nos cuenta que empezó a trabajar con 14 años y que tuvo su primer accidente de trabajo grave a los 14 años y diez meses:

“…yo no tenia pelos en los huevos, y ya tenía trabajo de hombre…”
“…somos la última generación de niños obreros de este país…”


En este monumental trabajo del director murciano, el uso de la pantalla dividida es un recurso omnipresente en todo el metraje, excepto en contadas ocasiones. Estas pequeñas pausas en el montaje paralelo de la narración son muy importantes: en una de ellas, mientras esta persona nos cuenta sus inicios en el mundo laboral, al llegar al minuto 54:30 de la película, el montaje en paralelo se corta abruptamente.

Este hombre nos empieza a narrar en primera persona cómo descubre a los 14 años que su padre se va a morir. Cuando alguien nos cuenta algo así, el lado derecho de la pantalla se mantiene en negro. Respeto.

Respeto hacia la clase obrera.

López Carrasco deja hablar a todos sus personajes sin cortapisas, no se trata de discursos bien construidos o de soflamas panfletarias, no. Son “currantes” hablando de su día a día, de sus anhelos y sueños, de sus sueldos miserables, de su ausencia de futuro, de su subsidio de desempleo.

Al final debemos darnos cuenta de que somos nosotros quienes trocean la carne de sus fábricas y envasan al vacío el fiambre con el que “ellos” (¿Quiénes son?) dan la merienda a sus hijos, somos nosotros quienes les servimos las mesas, les educamos, les entretenemos en los cumpleaños, les limpiamos las casas, somos nosotros quienes les sonreímos en la caja del supermercado, les arreglamos el wifi, y les reímos las gracias. Somos quienes organizan la seguridad de las viviendas, ¡y de la casa de la moneda!

Somos nosotros los que sufren en sus carnes el paro cuando no hay empleo. ¡Y no lo hay!

Somos nosotros los que conducimos la NAVE…

¡Pues quememos las NAVES!.

Somos la “carne de cañón” que mandan a primera línea del frente sin la protección adecuada.

Carne de cañón también son los Antidisturbios que prendieron la mecha de la quema del parlamento.

Dos caras de la misma moneda: Los que reprimen con el derecho de ser los dueños del monopolio del uso de la violencia, y los reprimidos a palos por defender sus derechos.

De todo esto nos habla la serie del año: ANTIDISTURBIOS de Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña.


Primera colaboración de Sorogoyen con Movistar+, y según los implicados no será la última. Movistar ya les había propuesto dos proyectos de serie que rechazaron, y a cambio, ellos presentaron un thriller con policías antidisturbios. “Arrancamos con la idea de ese pelotón en el furgón, pero pronto entendimos que necesitábamos algo más. Lo digo por Isabel y por mí, porque íbamos a dedicar tanto tiempo a los guiones que era obligatorio otro enganche”, cuenta Sorogoyen. Peña interrumpe: “Y teníamos a Laia, la agente de asuntos internos; ella nos iba a llevar a otro universo. Una mujer de 30 años y apenas 1,60 metros enfrentada a un mundo masculino, a un furgón de antidisturbios, contra los que usará armas muy distintas. Ahí está la apuesta”.

En la ficción estrella de este maldito 2020, los creadores han seguido la máxima de aunar el fondo y la forma como si se tratara de una obra para cine.

En palabras del propio Rodrigo:

“…en las series en España echábamos en falta que se cuidara el aspecto estético de la ficción de la misma manera que se hace en cine…”


El primer capítulo está grabado íntegramente con grandes angulares. De esta manera nosotros (los espectadores), nos metemos con estos 6 antidisturbios en medio de un desahucio, y lo percibimos como algo real, cercano, sentimos incluso una proximidad casí física, percibimos la violencia de cerca. Sorogoyen nos hace participes en la utilización de dicha violencia. Somos uno más dentro del furgón policial.

Estos angulares poco a poco se transforman en focales normales. De repente empezamos a tomar distancia con lo que nos cuentan en la pantalla.

Y es precisamente en ese momento, cuando el tono se vuelve más “narrativo”, más informativo, … cuando aparece el comisario Villarejo.

En la actualidad española parece que todo es corrompible y que todo está corrupto, en esa premisa incide Antidisturbios. Como dice el personaje del inefable comisario.

“…con todo lo que va a empezar a pasar en este país…ya verás…”

Peña no es tan pesimista: “Laia, la policía, ilustra la posibilidad de que con pequeñas decisiones podemos cambiar la corriente”. A Sorogoyen le interesa explicar que si Antidisturbios es arriesgada en lo formal y en el guion, es porque ambos no entienden “el audiovisual de otra manera”. “Tenemos tan poco tiempo, hay tantas películas que ver”, dice, “que para qué hacer algo igual. Soy afortunado porque trabajo, y ya que lo hago ambiciono, rehuyo lo fácil, intentamos encontrar un sentido a lo que hacemos. Aprendemos y nos retamos, y si nosotros lo hacemos, esperamos que el espectador entre en ese juego”.
Villarejo en la serie:

“… esto es como el asunto ese de tus amigos, los paletos esos de la porra. No le caen bien a casi nadie, pero son necesarios. ¿O no?...”

Esos somos. Carne de cañón.

 

 

 

 

 

 

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