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LA CISTÉRNIGA EN LA MEMORIA

Relatos de las tradiciones de nuestro pueblo contadas por gente que las vivieron

Por Abel Mostaza

ÍNDICE

ENERO

La noche mágica de Reyes
San Ildefonso

FEBRERO

Santa Águeda

MARZO

Los Quintos

ABRIL

La Semana Santa

 

La palabra “tradición” quizá sea una de las más dicotómicas y ambivalentes de nuestro vocabulario: por un lado levanta ánimos y constituye una memoria colectiva y ancestral; por otra es fruto de críticas por ser consideradas anacrónicas, supercherías o contrarias al progreso. Pero de lo que no cabe duda es de que son un legado, una historia que alguien cuenta ”a veces de no hace tanto tiempo” -como dice Jose Luis Alonso Ponga- porque la considera relevante para definirse, para contar sus vivencias y experiencias tanto personales como en la sociedad en la que habita.

Pero yo no vengo aquí hacer un alegato en defensa o en contra las tradiciones más sonadas, sino a intentar poner en claro algunas de las que se vivieron con mayor efervescencia en las calles de nuestro pueblo, vivencias que he podido recoger de diferentes personas que me abrieron sus puertas para contarme qué recuerdan de aquello y cómo lo vivieron, qué significó para ellas y quizá, de esa manera, poder conocernos un poco más a nosotros mismos, ir por la calle y rememorar, como si fueran nuestros recuerdos, algunos de los escenarios que allí acogieron estas historias.

Por último quiero agradecer a Manuel Doval y a su medio, La Cistérniga Digital -al que siento como mío propio- esta oportunidad para poderos contar lo que a mí me han contado y, por supuesto, muchísimas gracias a todos mis informantes: Teresa, Miñuca, Pilar, Antonio y tantos y tantos otros que mentaré en cada una de las entregas de lo que espero sea una crónica mensual que os guste y agrade. ¡Va por ellos, por los que les precedieron y por los que vendrán! ¡Vamos allá!

Informantes

  • Teresa Díez Ortega, 71 años, “nacida y criada en La Cistérniga”. Hoy jubilada, trabajó como hostelera, ama de casa y política.

  • Mª Pilar Prieto Cortés, 60 años,  “nacida y criada en La Cistérniga”. Carnicera. Tengo además la suerte de que sea mi madre.


Yo mismo recuerdo esta tradición, creo que por fortuna no se ha perdido en el pueblo por mucho que se haya podido transformar. Todo comenzaba, como hoy, la noche del día 5; en ella algunos vecinos se reunían para “contactar” con los Reyes Magos e iban a algunas casas a entregar los regalos. Más adelante el propio Ayuntamiento favoreció esto y fué su corporación la que comenzó a contactar con Sus Majestades. “En aquella época éramos muchos menos vecinos” -relata Mª Pilar-, ¿quizá por eso mismo yo recuerdo a Baltasar con los brazos blancos y el resto del cuerpo negro? Al principio no había cabalgatas, pero eso no importaba a la hora de celebrar la esa noche y es que un dato que pocos saben es que La Cistérniga fue el primer pueblo de la provincia en hacer un belén viviente, “mucho antes de que Cabezón de Pisuerga o Laguna de Duero hiceran los suyos” -afirma Tere-. En ese entonces, todos los vecinos cooperan y se reunirán para ver qué podían aportar, llegando incluso a enfadarse si no se contactaba con ellos para aportar su granito de arena. En ese Belén viviente no podían faltar los Reyes Magos, ese es quizá el origen de esta tradición en el pueblo.

Poco a poco nuestro municipio fue creciendo y comenzaron los desfiles: algunos años  en carrozas, otros en caballo, ¡e incluso hubo un año en camellos!. Imaginad lo que suponía ver a Sus Majestades montando a camello por las calles del pueblo, eso significaba que éstos eran los auténticos Reyes Magos y no los que estaban en televisión. ¡Y  además sabían todo de mí! De quién era hijo, quiénes eran mis abuelos, si había sido bueno o malo, ¡¡y hasta lo que les había pedido en la carta!! Eran los propios vecinos quienes participaban de forma activa ofreciendo sus remolques, sus caballos...

Pero lo que marcaba aquella velada eran los nervios, el no poder dormir o el despertarse a las 7 de la mañana como un reloj para anunciar a gritos al resto de la casa (y seguro que a algún vecino también) que “¡YA HAN VENIDO LOS REYES, DESPERTAD!”. Ahí estaban en el salón, en la cocina, debajo del Belén o del árbol; “en nuestra casa, dice Pilar, bajo el belén de la carnicería”... todos los regalos que la noche antes los Reyes Magos se habían molestado en colocar de una manera sumamente sigilosa. Y es que aunque de niños nos costase tantísimo quedarnos dormidos aquella noche de Reyes, su poder mágico era tan grande que no nos dábamos cuenta de cuándo habían llegado, se habían tomado su taza de café, chocolate o la bebida que fuese y las galletas que les dejábamos a ellos y a sus monturas.

Llegaba entonces el momento tan esperado por los más pequeños: ir abriendo, desde el más pequeño de la casa hasta el más longevo, cada uno de los regalos que se encontraban frente a nosotros. Yo aprendí mucho observando aquello: los hay que los abren eufóricos, quienes como yo estaban muy ilusionados pero no lo expresaban, quienes abrían su bolsa de carbón por haberles quedado cinco asignaturas, los que abrían el papel de regalo con mucho cuidado porque “así se podía usar para otra ocasión”...

Y después de abrirlos todos, ¡el desayuno en familia con el roscón de Reyes! Eso sí, “había que cortarlo con mucho cuidado no fuera a ser que te tocase el haba y te tocase pagar” el tan sabroso desayuno -dice Pilar-. Yo recuerdo especialmente el momento después del desayuno en el que todos los chavales bajábamos a la plaza para mostrar al resto nuestros regalos porque, como bien seguro saben, no hay nada más mágico que compartirlos.

 

Las fiestas de San Ildefonso eran “muy diferentes a las de ahora” -dice Teresa-, “siempre hacía muchísimo frío”, pero las fiestas eran mucho más cálidas de lo que hoy son porque los apenas ochocientos vecinos que conformaban La Cistérniga se juntaban en el Salón del Baile, situado en la Calle Laguna pegando a la carretera de Soria. Como relator me veo en la obligación de añadir que allí se conocieron mis padres, ella de La Cistérniga y él del Barrio de San Andrés de Valladolid. Hoy viven a unos pocos metros de donde estaba aquel salón. ¡Imaginad la cantidad de historias que me cuentan cuando pasamos por delante!

Las fiestas comenzaban con las vísperas, el día 22 de enero, y eran proclamadas por todos los vecinos; especialmente por los más pequeños que sabían que se acercaban dos días de celebración en los que no había que ir a clase y donde sus padres, albañiles, labradores y trabajadores de las cerámicas, oficios mayoritarios de aquellos vecinos; no trabajaban. Esa noche ya había dos sesiones de baile en El Salón, eran los preparativos de unas fiestas tan importantes como hoy podrían ser las Fiestas del Carmen o, como me dice mi madre, “¡incluso más!”. Había varias sesiones de baile, evento por excelencia de las fiestas junto con la famosa chocolatada; dos abiertas para todo el mundo y tres que se hacían por la noche y cuya entrada estaba prohibida, como veremos, a menores de catorce años.

El día grande era el 23 de enero, por la mañana había una misa amenizada por los músicos (algo que aún se conserva de antaño) en la que se iba a buscar a los cofrades a sus casas. A medio día había un baile que “a día de hoy los de aquella época es lo que más añoramos” cuenta Teresa. Éste solía comenzar a las 13h y era para todos los vecinos. No es de extrañar que para los niños de aquellos años éste fuese el principal evento pues, mientras tenían vedado el acceso al baile de noche en las vísperas, este día sí podían asistir. Por la noche había un momento mágico que, aunque muy adulterado, aún  hoy conservamos: la “chocolatada”. Teresa relata que tuvo que esperar hasta los trece años para que le dejasen ir a hacer el chocolate, pues no era un evento público como lo es hoy en día: “primero en casa de una amiga, luego en la casa de la tía Tere” -dice Teresa-. En aquella época, la “chocolatada” era algo que cada grupo de vecinos hacía para sí, cada casa o cada calle se juntaba y entre todas ponían unas cinco pesetas para comprar el carbón y la leche, aunque, como me decía decía Teresa, para el chocolate “cada una contribuía con una honza”. ¿Sabéis que chocolate digo? ¡Sí, ese que dejaba más grumos que leche! Así pues se juntaban los labradores en casa de uno de ellos, un grupo familiar, un grupo de vecinos… todos ellos bajo un mismo techo para degustar los tan apetecibles chocolates calentitos.

El tercer día de fiestas, 24 de enero, comenzaba muy temprano con la Misa de Difuntos en honor a los Hermanos Cofrades. Ese día se denominaba “Día de Cuentas” y entre los Hermanos Cofrades se repartían refrescos para que no se hicieran bola los gastos de las fiestas. Veremos que este hecho es muy llamativo comparándolo con otras cofradías, pues, a diferencia de aquellas, los Cofrades de San Ildefonso pagaban a escote los bailes, músicos, comidas, sacerdote para las misas, etc. Esa misma tarde-noche se celebraban los últimos bailes en El Salón. En esta ocasión era el propio dueño del recinto quien se encargaba de pagar a los músicos. Los jóvenes sabían que era el último día de festejos y había que aprovecharlo, por ello los que no tenían cumplidos los catorce años buscaban colarse en esta sesión de baile y, si no lo lograban, se quedaban bailando en la misma puerta para calentarse del frío que la noche anterior caldeó el chocolate. Teresa me cuenta que recuerda incluso que muchas chicas empezaban a maquillarse, algo que yo interpreto como un ritual de paso entre la niñez y la adolescencia que veremos cómo se daba en muchas otras celebraciones de un modo similar (quintos, águedas, etc.).

Estas tradiciones se perdieron: los vecinos crecían, se echaban pareja fuera… pero en torno a los años 90, el Ayuntamiento recuperó la idea de la chocolatada, eso sí, ya no eran los vecinos en sus casas quienes lo hacían sino los vecinos en un espacio común -como la nave o el frontón- negocios locales y ayuntamiento colaborraban. Igualmente, se llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento para celebrar el baile de vísperas (siempre que cayese en fin de semana) y el del día grande. 

Informantes

  • Herminia Quiroga ( Miñuca), 65 años; Profesora de EGB, Cocinera, Profesora de cocina y catering

  • Teresa Díez Ortega, 71 años, “nacida y criada en La Cistérniga”. Hoy jubilada, trabajó como hostelera, ama de casa y política.


En primer lugar quiero pedir disculpas por la demora, pero he tenido la suerte de que ambas informantes me han dado muchísima información de Las Águedas y he intentado condensarla lo más que he podido. Esta circunstancia de tan abundante información no es casual: Las Águedas son una de las grandes tradiciones de nuestro municipio, me atrevería incluso a decir que son un símbolo identitario que perdemos por un conflicto de identidad que en otros pueblos abanderan sin ningún tipo de tapujo.. Yo conservo un grato recuerdo de mi infancia en la escuela cuando venían al colegio para sacarnos a bailar. Ese día todo se paraba y ellas tomaban el control del municipio. Y, sin que suene presentista, tal como afirma Miñuca, este era un método de empoderamiento de la mujer que hoy las pone de manifiesto como una cofradía que aúna la tradición con la contemporaneidad; ejemplo de ello lo encontramos en sus requisitos: de pasar a ser una cofradía de mujeres casadas a ser una cofradía que acepta a las mujeres independientemente de su estado civil (casadas, solteras, divorciadas, etc.).

La historia de Las Águedas comienza a finales del XVIII -según se puede observar aún hoy en sus actas-; en aquel entonces La Cistérniga lograba independizarse de Valladolid, urbe cercana con la que poco tenía que ver (pues La Cistérniga era un auténtico núcleo rural muy diferente al de la urbe). Es lógico que por aquel entonces muchas mujeres no supieran leer ni escribir y dependían jurídicamente de su marido o de su padre. Gracias a Las Águedas surge este movimiento femenino como una especie de “sociedad” o “gremio de mujeres casadas” (1). Miñuca me contaba que al no saber leer y escribir, estas actas, escritos, cuentas…comenzaron siendo custodiadas y firmadas por el párroco, pero poco a poco aquellas mujeres de hace siglo y medio se fueron cultivando, muchas veces enseñándose entre sí lo que se denominaban “primeras letras”. Así, a principios del XX encontramos la firma de mujeres-águedas junto con la del párroco.

(1):  En su día, una compañera y yo dimos unas conferencias acerca de esta paradoja franquista de exaltación de lo prohibido como marca nacional. Esta conferencia, titulada “El documental etnográfico en España: la música en Pío Caro BAroja”,  se integró dentro del 8º Encuentro de Etnomusicología audiovisual celebrado el 21 de noviembre del 2016 en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid.

Durante el franquismo, el movimiento de Las Águedas se siguió celebrando pero con cierto miedo. La la exaltación de las fiestas locales iban en contra del precepto de la “España, una grande y libre”, lo cual provoca una curiosa paradoja que el propio Julio Caro Baroja expuso en aquellos documentales etnográficos de la primeriza TVE: por un lado se veía mal desde las instituciones franquistas estas tradiciones regionales o locales, pero por otro lado vendían la no tan novísima “Marca España”. Si a esto le sumamos que aquellas mujeres tomaban el poder más allá de las “perfectas casadas” o “reinas del hogar” promovidas por el franquismo… No, no gustaba mucho que la mujer tomase el poder y, si se permitía, era porque era una “pantomima” (como el carnaval). La Sección Femenina tomó algunos de aquellos actos que Las Águedas habían emprendido (aprendizaje de letras básicas, confraternidad -algunos dirían sororidad-, etc.), eso sí, con más de veinte años de antelación por parte de nuestras mujeres.

Ambas informantes me relataron que el funcionamiento de estas cofradías era muy similar a la de otras del pueblo en cuanto a su organización. Tomando aquél valor gremial o asociativo propio de todas ellas, Las Águedas estaban conformadas por la mayordoma, la alcaldesa y criada. La primera era la encargada de preparar la fiesta de ese año, la alcaldesa recibe la vara del ayuntamiento y eso la convertía, a su vez, en “alcaldesa” del municipio (fijémonos en que por aquel entonces no era para nada común ver a una mujer en un puesto de estas características); ésta, además, sería la encargada de servir el año siguiente (es decir, sería la nueva mayordoma). 

Respecto a las actividades que en el municipio se hacían, poco queda de aquellas hoy en día (¡con todo lo que han sido Las Águedas en nuestro pueblo!). La celebración constaba de tres días: Vísperas, Fiesta Mayor o Santa Águeda y el Día de Difuntos. El primer día, una charanga o un grupo de dulzaineros recogían a Las Águedas casa por casa, empezando en la de la criada y terminando en la casa de la Alcaldesa. Lógicamente por el camino iban cantando y bailando, pero también iban por las casas para que los vecinos colaborasen en su fiesta dándoles algún donativo, alimentos con los que hacer una comida fraternal, etc. 

El segundo día, o día de la Fiesta Mayor, Las Águedas se reunían por la mañana para preparar el guiso que les serviría para la comida fraternal que se celebraría después de la misa. La criada era la encargada de disponer su casa para cocinar y también para dar unas viandas a Las Águedas que allí acudían para, de nuevo, procesionar desde su casa hasta el Ayuntamiento, enclave donde recibían el bastón de mando del alcalde del municipio (siempre hombre). Desde allí de nuevo partían bailando, con sus llamativos trajes castellanos (Miñuca me detalló las tipologías de traje castellano y su evolución, algo que atesoraré para futuras narraciones gracias al nivel de detalle de sus descripciones que, por otro lado, excederían los contenidos de lo que pretende ser un breve repaso a  estas tradiciones que hoy vemos desaparecer), hacia la Iglesia para celebrar la misa en honor a su patrona. Una vez finalizada la liturgia, procesionaban y bailaban las tradicionales jotas a la imagen de la patrona (que aún hoy conservamos) para finalizar despidiéndose de los músicos para esa tan ansiada comida comunal en uno de los centros que las instituciones les ofrecieran (generalmente, el mismo salón de baile que vimos con San Ildefonso).

Miñuca me relataba que existe una tradición poco conocida respecto a la preparación de la Santa, y es que además de guardar ellas todos los enseres para colocar a Santa Águeda en las andas, antes de la procesión lavan su rostro con vino blanco (ella me reconoce que no sabe el porqué, lo aprendió así).

El tercer día, denominado también como día de cuentas, se conmemoraba a las difuntas de la cofradía y se reunían para concretar la festividad del año siguiente y hacer cuentas de todos los gastos, gastos que pasaban a ese libro de cuentas que la cofradía custodia.

En su día, Las Águedas llegaron a ser más de cien mujeres, pero a mediados del XX muchas de ellas pasaron a ser pensionistas cuyo único rédito no daban para mantener a sus familias y hacerse cargo de las cuotas de la cofradía; así el número de mujeres se vio drásticamente reducido, lo que no minó la moral de nuestras protagonistas que veían cómo La Cistérniga aumentaba más y más su población. Actualizarse o morir, ¿no? Las Águedas cambiaron sus normas y permitieron que toda mujer, casada o soltera, entrase a su formación.

Pero lo más característico de estas fiestas era la iniciativa, la ilusión y la imaginación que le echaban estas mujeres para que el pueblo supiese que esos días eran suyos y que estaban orgullosas de celebrarlo. Así, por ejemplo, en la década de los ochenta del pasado siglo, Las Águedas acudían a las escuelas a recoger a los niños para ir a misa o para pedir por el pueblo junto con ellas el día de vísperas a cambio de unos dulces; les animaban a que bailaran jotas con ellas, empezaron a hacer el famoso concurso de disfraces que tanta alegría levantaba... 

Pero no todo era tan maravilloso, hay que reconocerlo. Estas novedades no gustaban a todas las integrantes, y por ello unas cuantas dejaron también la cofradía dejando su hueco a ideas “más juveniles” -afirmaba Miñuca-. Pero sin duda fueron tres eventos los que destrozaron impíamente la buena voluntad de estas mujeres: en una ocasión vinieron del Norte de Castilla para hacerlas una entrevista cuyo titular se redujo a “Las Águedas de La Cistérniga piden por las calles para poder comer”, una frase que sacada de contexto provocó que se las viese casi como mendigas o como recaudadoras de impuestos… Ellas dejaron de recoger alimentos y dinero por las casas, lo que provocó que los ingresos disminuyesen y las cuotas aumentasen para poder todos los gastos. ¿Consecuencia? Disminuye de nuevo en número de cofrades.

Recientemente, la cofradía acudió a los colegios para informar de quiénes eran Las Águedas, por qué se llamaban así… Vamos, lo que viene siendo contar su historia, historia compuesta por hechos y vivencias. Pero como estamos en la época de lo políticamente correcto, y esto lo afirmo yo en primera persona y no ninguna de mis informantes, les cayó una buena reprimenda por parte de los padres de sendos colegios por decir que Santa Águeda estuvo en un prostíbulo. Pues nada… Ya eso fué el colmo para una cofradía que hacía de todo para animar a sus vecinos y se lo agradecen recriminándolas. Señores, ¡qué la historia no es la que queramos que sea, es la que es! Que quizá no era una información para dar a niños, vale, eso lo acepto, pero como profesor estoy viendo como la educación emocional en las aulas de secundaria está cada vez peor, ¿por qué? Yo lo tengo claro, por edulcorar lo que es la vida, la verdad, los hechos… NO, no vivimos en Disneyland y no hay que estar “siempre bien”. Vean “Inside Out”. Aquí acabo mi alegato.

Los tiempos en los que Las Águedas hacían sopas de ajo, chocolate, bailes, humor…  para con sus vecinos, quedaron atrás y no, no podemos decir que todo se debe a que sean muy mayores (como alguna vez he oído). Somos nosotros los que hemos decidido que eso es de otra época, lo hemos aparcado en pos del “progreso”. Quizá en el futuro, de nuevo en “pos del progreso”, comprendamos que este tipo de tradiciones también son cultura, una cultura que hace que muchos de los que vivimos aquella época hoy en día, por ejemplo, sepamos bailar un pasodoble de esos que ponen en las fiestas del pueblo. Porque, como dice Tere, los hombres, si iban al baile, se solían sentar, pero los niños… ¡Ni uno se libraba de salir a bailar con una de ellas!

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Informantes

  • Teresa Díez Ortega, 71 años, “nacida y criada en La Cistérniga”. Hoy jubilada, trabajó como hostelera, ama de casa y política.

  • Mª Pilar Prieto Cortés, 60 años,  “nacida y criada en La Cistérniga”. Carnicera. Tengo además la suerte de que sea mi madre.

  • Antonio

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Dicen que los inicios de año sirven para comenzar cosas nuevas: sin duda alguna el final de año de 2001 nos trajo dos grandes novedades a los españoles: el 31 de diciembre de 2001 quedaba definitivamente suspendido por la Ley 17/1999 de Régimen del Personal de las Fuerzas Armadas por el Real Decreto 247/2001. Un día después, diríamos adiós a la tan querida peseta española. Desde ese día, los jóvenes mayores de edad ya no tendrían que cumplir con el Servicio Militar Obligatorio, conocido aquí como la famosa “mili”. 


Poco antes de ser enviados a este servicio militar, estos jóvenes establecían un pacto no escrito entre sus vecinos y ellos: como nos vamos a la mili, nos tenéis que “dejar hacer”. Muchos aprovechaban para declararse, otros para armar bulla por las calles y, lo que yo más recuerdo de mis días de escuela, presentarse en la aulas de colegio para saludar a los profesores y gastar bromas a los niños y sus educadores. Los llamados “quintos” eran esos jóvenes que pertenecían a la misma quinta, es decir, nacieron el mismo año. La “mili” era la excusa de celebrar comunalmente esa mayoría de edad, el “hacerse un hombre”. A día de hoy no me cabe ninguna duda de que se trataba de un rito de paso. Pero como me enseñó mi profesor de Antropología, “los ritos de paso nunca desaparecen, cambian de nombre”. Para mí, sin duda, los quintos de antes son los noveles conductores que festejan el hecho de sacarse el carnet yendo al McDonalds con los amigos que aún están pasando ese proceso. Nuestro “sacarse el carnet” es aquella “mili”.

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Como adelantaba, los quintos irrumpían en la escuela (la que había en la Calle Las Escuelas) para buscar a los niños y marchar con ellos a pedir, eso sí, si D. Crestencio, uno de los maestros de escuela, no les sacaba primero de las orejas por interrumpir las clases. A las 13h terminaban las clases y eran muchos los estudiantes que marchaban detrás de los quintos con o sin el consentimiento de los padres. Quizá alguna no lo recuerde así pues, quienes pillaron la tradición de mozas (14-15 años) recordará más bien el hecho de que si un quinto te pillaba por la calle, tenías la “obligación” de bailar con él.

Esos días no eran festivos pero, al igual que hicieron las águedas, los jóvenes se dedicaban a amenizar las calles con fiestas, desfiles y jarana. Una de esas tradiciones eran las “carreras de gallos”: dos quintos se disponían frente a frente con su bicicleta o un burro, al modo de las gestas medievales. Entre ellos, de un modo similar al que sostiene la prenda en el juego del pañuelo, una cuerda con gallos o conejos vivos se extendía de extremo a extremo. Esta carrera consistía en que, a la señal, ambos contrincantes debían lograr arrancar al gallo de la cuerda (o lo que pudiesen del pobre animal). Estos animales muchas veces salían de las casas de los vecinos quienes, al ver que les faltaba un gallo, ya imaginaban dónde y cómo lo encontrarían. La razón se impuso a tan salvaje tradición y, en su lugar, se cambió a los pobres animales por botijos o pucheros donde se metían caramelos, harina, agua… y, en lugar de arrancarlos, se golpeaban a modo de piñata para lograr su preciado contenido.

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Pero no todo era risa, al menos para los que sufrían sus bromas. Los quintos aprovechaban estos días para escarmentar a los vecinos que les hubieran tocado un poco los… durante el año: quemaban manojos y alpacas, robaban gallinas y conejos (o lo que se pillase), tomaban prestado y sin consentimiento los carros -o las ruedas de estos- que había junto a la fragua que existía en la zona de los jubilados para hacerlos rodar calle abajo (luego cambiaron la tradición por los barriles), y quizá una de las más llamativas que mi madre recuerda con especial humor, quitarle las bragas a las monjas. Teresa relataba cómo su tío Domingo, durante estos días, andaba preocupado diciendo “¡madre mía! ¿Vendrán por aquí? ¡Qué no vengan, qué no vengan!” (sin manojos, no hay fuego para el brasero de esos días de duro invierno). Muchos de estos elementos (manojos,alpacas, etc.) se quemaban por la noche en una hoguera en la plaza, tradición que se daba en el pueblo mucho antes de que se impusiera la hoguera de san Juan a imitación de la de otros pueblos y, sobre todo, las Moreras.

Después de estos días, marchaban a sus diferentes destinos que podían ir desde Valladolid (con suerte) hasta las Islas Canarias (donde le tocó a mi padre). El pueblo se apagaba para comenzar la Cuaresma y, poco después, la Semana Santa. Pero eso en la próxima entrega.

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Por lo tanto, los “quintos” eran esos jóvenes que pertenecían a la misma quinta, es decir, nacieron el mismo año. La “mili” era la excusa de celebrar comunalmente esa mayoría de edad, el “hacerse un hombre”. A día de hoy no me cabe ninguna duda de que se trataba de un rito de paso. Pero como me enseñó mi profesor de Antropología, “los ritos de paso nunca desaparecen, cambian de nombre”. Para mí, sin duda, los quintos de antes son los noveles conductores que festejan el hecho de sacarse el carnet yendo al McDonalds con los amigos que aún están pasando ese proceso. Nuestro “sacarse el carnet” es aquella “mili”.

 

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Informantes

  • Dña. Teresa Díez Ortega, 71 años, “nacida y criada en La Cistérniga”. Hoy jubilada, trabajó como hostelera, ama de casa y política.

  • Dña. Mª Pilar Prieto Cortés, 60 años,  “nacida y criada en La Cistérniga”. Carnicera. Tengo además la suerte de que sea mi madre.

  • P. Javier Ortega Olmedillo, 52 años, sacerdote y párroco en La Cistérniga.

  • Dr. Javier Baladrón Alonso, Doctor en Historia del Arte, especialista en Barroco. Autor del blog “Arte en Valladolid” y compañero en la Asociación Reunart de la Universidad de Valladolid

A excepción de la Semana Santa cuando coincidía por estas fechas, en abril no había mucho movimiento en el pueblo. A grosso modo, poco han cambiado las tradiciones de estas fechas. La Semana Santa se pronosticaba desde el tiempo de Cuaresma cuyos días, como en muchos otros municipios, algunas familias guardaban tiempo de recogimiento: no comían carne (en especial los viernes), se hacían los bien sabidos bacalaos y potajes… pero no era una cosa específica de nuestro pueblo, sino más bien de aquellos que cumplían con las designaciones eclesiásticas de reflexión y acogimiento.

Algo más “tradicional” de La Cistérniga era el Domingo de Ramos. Ese día los vecinos acudían a la misa con nuevos engalanamientos por aquello de que en “Domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos”, se bendecían los ramos a la puerta de la iglesia y en el interior se leía la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén mientras en el exterior las campanas repicaban a gloria. Daba así comienzo la Semana Santa. Los niños asistían a misa (muchas veces como monaguillos) y esperaban a que terminase para acercarse a los párrocos (Don Cipriano, Don Vale, Don Esteban, Don Pedro, Don Ángel y Don Anselmo) con la intención de que cayese alguna peseta o la hostia sin consagrar. Hoy han cambiado un poco estas tradiciones, aunque podemos afirmar que la esencia se mantiene: la bendición de ramos, estrenar nuevas ropas o ponerse las mejores galas…

El siguiente día destacado de la Semana Santa en nuestro pueblo era el Viernes Santo por la mañana. Lo que voy a contar sonará a muchos, pues la tradición se conserva intacta y se sigue haciendo como se hacía antaño. Este día se hacía un Vía Crucis con el magnífico nazareno que tenemos en el pueblo, una talla “de vestir” del segundo tercio del XVIII cuya autoría ha dado mucho que hablar incluso a los especialistas de esta época; por el habitual recorrido de todas las procesiones de nuestro pueblo (Plaza Mayor, Avda. Real, C/ Lucio Zúmel, Avda. Valladolid, C/ San Cristóbal y Plaza Mayor). Durante la procesión, se iban narrando las catorce estaciones y se cantaba el Vía Crucis (“Madre afligida de pena hondo mar…”).

El último día grande de Semana Santa venía anunciado el día de vísperas con la Vigilia de Resurrección. Se trataba del Domingo de Gloria, el cual sí tuvo mucha importancia en nuestro pueblo (como me comentaba Teresa). Ese día se hacía una merienda en la desaparecida ermita que, por aquel entonces, eran las afueras, afueras, muy afueras del pueblo (otros iban al cerro San Cristóbal, a la actual Plaza de la Cruz donde estaba la fábrica de Mendicote). En esa merienda cada cual llevaba su atillo con una servilleta, una tortilla donde el chorizo -¡por fín!- y la patata eran los protagonistas, y una rosquilla de postre. Este era un auténtico acto popular que se transmitió de padres a hijos sin que ninguna autoridad lo patrocinase (no estaba vinculado a la iglesia ni al ayuntamiento). Se ve que la merienda sabía a poco porque, un día después, lunes de Pascua en el que los chavales aún no tenían clase, iban a merendar de nuevo a “La Ribera” (a la entrada del pueblo)


 

 

 

 

 

 

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