.
.
.
.
.
.
 
.
.
.
.
.
.
         
....
.
.
.
Nota: Si alguna persona no está conforme con alguna de las fotos publicadas sólo tiene que comunicárnoslo y será eliminada inmediatamente lacisternigadigital@gmail.com

 

 


Buscar en La Cistérnga Digital

 

LA CISTÉRNIGA EN LA MEMORIA

Relatos de las tradiciones de nuestro pueblo contadas por gente que las vivieron

Por Abel Mostaza

ÍNDICE

ENERO

La noche mágica de Reyes
San Ildefonso

FEBRERO

Santa Águeda

MARZO

Los Quintos

ABRIL

La Semana Santa

MAYO

Subir a la Cucaña
La Procesión de las Antorchas y el Cristo del Amparo
Las Cencerradas

JUNIO

La Fiesta del Corpus Christie

JULIO

Las fiestas de la Virgen del Carmen

AGOSTO

Las Meriendas de agosto

Las hogueras de San Roque

 

 

La palabra “tradición” quizá sea una de las más dicotómicas y ambivalentes de nuestro vocabulario: por un lado levanta ánimos y constituye una memoria colectiva y ancestral; por otra es fruto de críticas por ser consideradas anacrónicas, supercherías o contrarias al progreso. Pero de lo que no cabe duda es de que son un legado, una historia que alguien cuenta ”a veces de no hace tanto tiempo” -como dice Jose Luis Alonso Ponga- porque la considera relevante para definirse, para contar sus vivencias y experiencias tanto personales como en la sociedad en la que habita.

Pero yo no vengo aquí hacer un alegato en defensa o en contra las tradiciones más sonadas, sino a intentar poner en claro algunas de las que se vivieron con mayor efervescencia en las calles de nuestro pueblo, vivencias que he podido recoger de diferentes personas que me abrieron sus puertas para contarme qué recuerdan de aquello y cómo lo vivieron, qué significó para ellas y quizá, de esa manera, poder conocernos un poco más a nosotros mismos, ir por la calle y rememorar, como si fueran nuestros recuerdos, algunos de los escenarios que allí acogieron estas historias.

Por último quiero agradecer a Manuel Doval y a su medio, La Cistérniga Digital -al que siento como mío propio- esta oportunidad para poderos contar lo que a mí me han contado y, por supuesto, muchísimas gracias a todos mis informantes: Teresa, Miñuca, Pilar, Antonio y tantos y tantos otros que mentaré en cada una de las entregas de lo que espero sea una crónica mensual que os guste y agrade. ¡Va por ellos, por los que les precedieron y por los que vendrán! ¡Vamos allá!

Informantes

  • Teresa Díez Ortega, 71 años, “nacida y criada en La Cistérniga”. Hoy jubilada, trabajó como hostelera, ama de casa y política.

  • Mª Pilar Prieto Cortés, 60 años,  “nacida y criada en La Cistérniga”. Carnicera. Tengo además la suerte de que sea mi madre.


Yo mismo recuerdo esta tradición, creo que por fortuna no se ha perdido en el pueblo por mucho que se haya podido transformar. Todo comenzaba, como hoy, la noche del día 5; en ella algunos vecinos se reunían para “contactar” con los Reyes Magos e iban a algunas casas a entregar los regalos. Más adelante el propio Ayuntamiento favoreció esto y fué su corporación la que comenzó a contactar con Sus Majestades. “En aquella época éramos muchos menos vecinos” -relata Mª Pilar-, ¿quizá por eso mismo yo recuerdo a Baltasar con los brazos blancos y el resto del cuerpo negro? Al principio no había cabalgatas, pero eso no importaba a la hora de celebrar la esa noche y es que un dato que pocos saben es que La Cistérniga fue el primer pueblo de la provincia en hacer un belén viviente, “mucho antes de que Cabezón de Pisuerga o Laguna de Duero hiceran los suyos” -afirma Tere-. En ese entonces, todos los vecinos cooperan y se reunirán para ver qué podían aportar, llegando incluso a enfadarse si no se contactaba con ellos para aportar su granito de arena. En ese Belén viviente no podían faltar los Reyes Magos, ese es quizá el origen de esta tradición en el pueblo.

Poco a poco nuestro municipio fue creciendo y comenzaron los desfiles: algunos años  en carrozas, otros en caballo, ¡e incluso hubo un año en camellos!. Imaginad lo que suponía ver a Sus Majestades montando a camello por las calles del pueblo, eso significaba que éstos eran los auténticos Reyes Magos y no los que estaban en televisión. ¡Y  además sabían todo de mí! De quién era hijo, quiénes eran mis abuelos, si había sido bueno o malo, ¡¡y hasta lo que les había pedido en la carta!! Eran los propios vecinos quienes participaban de forma activa ofreciendo sus remolques, sus caballos...

Pero lo que marcaba aquella velada eran los nervios, el no poder dormir o el despertarse a las 7 de la mañana como un reloj para anunciar a gritos al resto de la casa (y seguro que a algún vecino también) que “¡YA HAN VENIDO LOS REYES, DESPERTAD!”. Ahí estaban en el salón, en la cocina, debajo del Belén o del árbol; “en nuestra casa, dice Pilar, bajo el belén de la carnicería”... todos los regalos que la noche antes los Reyes Magos se habían molestado en colocar de una manera sumamente sigilosa. Y es que aunque de niños nos costase tantísimo quedarnos dormidos aquella noche de Reyes, su poder mágico era tan grande que no nos dábamos cuenta de cuándo habían llegado, se habían tomado su taza de café, chocolate o la bebida que fuese y las galletas que les dejábamos a ellos y a sus monturas.

Llegaba entonces el momento tan esperado por los más pequeños: ir abriendo, desde el más pequeño de la casa hasta el más longevo, cada uno de los regalos que se encontraban frente a nosotros. Yo aprendí mucho observando aquello: los hay que los abren eufóricos, quienes como yo estaban muy ilusionados pero no lo expresaban, quienes abrían su bolsa de carbón por haberles quedado cinco asignaturas, los que abrían el papel de regalo con mucho cuidado porque “así se podía usar para otra ocasión”...

Y después de abrirlos todos, ¡el desayuno en familia con el roscón de Reyes! Eso sí, “había que cortarlo con mucho cuidado no fuera a ser que te tocase el haba y te tocase pagar” el tan sabroso desayuno -dice Pilar-. Yo recuerdo especialmente el momento después del desayuno en el que todos los chavales bajábamos a la plaza para mostrar al resto nuestros regalos porque, como bien seguro saben, no hay nada más mágico que compartirlos.

 

Las fiestas de San Ildefonso eran “muy diferentes a las de ahora” -dice Teresa-, “siempre hacía muchísimo frío”, pero las fiestas eran mucho más cálidas de lo que hoy son porque los apenas ochocientos vecinos que conformaban La Cistérniga se juntaban en el Salón del Baile, situado en la Calle Laguna pegando a la carretera de Soria. Como relator me veo en la obligación de añadir que allí se conocieron mis padres, ella de La Cistérniga y él del Barrio de San Andrés de Valladolid. Hoy viven a unos pocos metros de donde estaba aquel salón. ¡Imaginad la cantidad de historias que me cuentan cuando pasamos por delante!

Las fiestas comenzaban con las vísperas, el día 22 de enero, y eran proclamadas por todos los vecinos; especialmente por los más pequeños que sabían que se acercaban dos días de celebración en los que no había que ir a clase y donde sus padres, albañiles, labradores y trabajadores de las cerámicas, oficios mayoritarios de aquellos vecinos; no trabajaban. Esa noche ya había dos sesiones de baile en El Salón, eran los preparativos de unas fiestas tan importantes como hoy podrían ser las Fiestas del Carmen o, como me dice mi madre, “¡incluso más!”. Había varias sesiones de baile, evento por excelencia de las fiestas junto con la famosa chocolatada; dos abiertas para todo el mundo y tres que se hacían por la noche y cuya entrada estaba prohibida, como veremos, a menores de catorce años.

El día grande era el 23 de enero, por la mañana había una misa amenizada por los músicos (algo que aún se conserva de antaño) en la que se iba a buscar a los cofrades a sus casas. A medio día había un baile que “a día de hoy los de aquella época es lo que más añoramos” cuenta Teresa. Éste solía comenzar a las 13h y era para todos los vecinos. No es de extrañar que para los niños de aquellos años éste fuese el principal evento pues, mientras tenían vedado el acceso al baile de noche en las vísperas, este día sí podían asistir. Por la noche había un momento mágico que, aunque muy adulterado, aún  hoy conservamos: la “chocolatada”. Teresa relata que tuvo que esperar hasta los trece años para que le dejasen ir a hacer el chocolate, pues no era un evento público como lo es hoy en día: “primero en casa de una amiga, luego en la casa de la tía Tere” -dice Teresa-. En aquella época, la “chocolatada” era algo que cada grupo de vecinos hacía para sí, cada casa o cada calle se juntaba y entre todas ponían unas cinco pesetas para comprar el carbón y la leche, aunque, como me decía decía Teresa, para el chocolate “cada una contribuía con una honza”. ¿Sabéis que chocolate digo? ¡Sí, ese que dejaba más grumos que leche! Así pues se juntaban los labradores en casa de uno de ellos, un grupo familiar, un grupo de vecinos… todos ellos bajo un mismo techo para degustar los tan apetecibles chocolates calentitos.

El tercer día de fiestas, 24 de enero, comenzaba muy temprano con la Misa de Difuntos en honor a los Hermanos Cofrades. Ese día se denominaba “Día de Cuentas” y entre los Hermanos Cofrades se repartían refrescos para que no se hicieran bola los gastos de las fiestas. Veremos que este hecho es muy llamativo comparándolo con otras cofradías, pues, a diferencia de aquellas, los Cofrades de San Ildefonso pagaban a escote los bailes, músicos, comidas, sacerdote para las misas, etc. Esa misma tarde-noche se celebraban los últimos bailes en El Salón. En esta ocasión era el propio dueño del recinto quien se encargaba de pagar a los músicos. Los jóvenes sabían que era el último día de festejos y había que aprovecharlo, por ello los que no tenían cumplidos los catorce años buscaban colarse en esta sesión de baile y, si no lo lograban, se quedaban bailando en la misma puerta para calentarse del frío que la noche anterior caldeó el chocolate. Teresa me cuenta que recuerda incluso que muchas chicas empezaban a maquillarse, algo que yo interpreto como un ritual de paso entre la niñez y la adolescencia que veremos cómo se daba en muchas otras celebraciones de un modo similar (quintos, águedas, etc.).

Estas tradiciones se perdieron: los vecinos crecían, se echaban pareja fuera… pero en torno a los años 90, el Ayuntamiento recuperó la idea de la chocolatada, eso sí, ya no eran los vecinos en sus casas quienes lo hacían sino los vecinos en un espacio común -como la nave o el frontón- negocios locales y ayuntamiento colaborraban. Igualmente, se llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento para celebrar el baile de vísperas (siempre que cayese en fin de semana) y el del día grande. 

Informantes

  • Herminia Quiroga ( Miñuca), 65 años; Profesora de EGB, Cocinera, Profesora de cocina y catering

  • Teresa Díez Ortega, 71 años, “nacida y criada en La Cistérniga”. Hoy jubilada, trabajó como hostelera, ama de casa y política.


En primer lugar quiero pedir disculpas por la demora, pero he tenido la suerte de que ambas informantes me han dado muchísima información de Las Águedas y he intentado condensarla lo más que he podido. Esta circunstancia de tan abundante información no es casual: Las Águedas son una de las grandes tradiciones de nuestro municipio, me atrevería incluso a decir que son un símbolo identitario que perdemos por un conflicto de identidad que en otros pueblos abanderan sin ningún tipo de tapujo.. Yo conservo un grato recuerdo de mi infancia en la escuela cuando venían al colegio para sacarnos a bailar. Ese día todo se paraba y ellas tomaban el control del municipio. Y, sin que suene presentista, tal como afirma Miñuca, este era un método de empoderamiento de la mujer que hoy las pone de manifiesto como una cofradía que aúna la tradición con la contemporaneidad; ejemplo de ello lo encontramos en sus requisitos: de pasar a ser una cofradía de mujeres casadas a ser una cofradía que acepta a las mujeres independientemente de su estado civil (casadas, solteras, divorciadas, etc.).

La historia de Las Águedas comienza a finales del XVIII -según se puede observar aún hoy en sus actas-; en aquel entonces La Cistérniga lograba independizarse de Valladolid, urbe cercana con la que poco tenía que ver (pues La Cistérniga era un auténtico núcleo rural muy diferente al de la urbe). Es lógico que por aquel entonces muchas mujeres no supieran leer ni escribir y dependían jurídicamente de su marido o de su padre. Gracias a Las Águedas surge este movimiento femenino como una especie de “sociedad” o “gremio de mujeres casadas” (1). Miñuca me contaba que al no saber leer y escribir, estas actas, escritos, cuentas…comenzaron siendo custodiadas y firmadas por el párroco, pero poco a poco aquellas mujeres de hace siglo y medio se fueron cultivando, muchas veces enseñándose entre sí lo que se denominaban “primeras letras”. Así, a principios del XX encontramos la firma de mujeres-águedas junto con la del párroco.

(1):  En su día, una compañera y yo dimos unas conferencias acerca de esta paradoja franquista de exaltación de lo prohibido como marca nacional. Esta conferencia, titulada “El documental etnográfico en España: la música en Pío Caro BAroja”,  se integró dentro del 8º Encuentro de Etnomusicología audiovisual celebrado el 21 de noviembre del 2016 en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid.

Durante el franquismo, el movimiento de Las Águedas se siguió celebrando pero con cierto miedo. La la exaltación de las fiestas locales iban en contra del precepto de la “España, una grande y libre”, lo cual provoca una curiosa paradoja que el propio Julio Caro Baroja expuso en aquellos documentales etnográficos de la primeriza TVE: por un lado se veía mal desde las instituciones franquistas estas tradiciones regionales o locales, pero por otro lado vendían la no tan novísima “Marca España”. Si a esto le sumamos que aquellas mujeres tomaban el poder más allá de las “perfectas casadas” o “reinas del hogar” promovidas por el franquismo… No, no gustaba mucho que la mujer tomase el poder y, si se permitía, era porque era una “pantomima” (como el carnaval). La Sección Femenina tomó algunos de aquellos actos que Las Águedas habían emprendido (aprendizaje de letras básicas, confraternidad -algunos dirían sororidad-, etc.), eso sí, con más de veinte años de antelación por parte de nuestras mujeres.

Ambas informantes me relataron que el funcionamiento de estas cofradías era muy similar a la de otras del pueblo en cuanto a su organización. Tomando aquél valor gremial o asociativo propio de todas ellas, Las Águedas estaban conformadas por la mayordoma, la alcaldesa y criada. La primera era la encargada de preparar la fiesta de ese año, la alcaldesa recibe la vara del ayuntamiento y eso la convertía, a su vez, en “alcaldesa” del municipio (fijémonos en que por aquel entonces no era para nada común ver a una mujer en un puesto de estas características); ésta, además, sería la encargada de servir el año siguiente (es decir, sería la nueva mayordoma). 

Respecto a las actividades que en el municipio se hacían, poco queda de aquellas hoy en día (¡con todo lo que han sido Las Águedas en nuestro pueblo!). La celebración constaba de tres días: Vísperas, Fiesta Mayor o Santa Águeda y el Día de Difuntos. El primer día, una charanga o un grupo de dulzaineros recogían a Las Águedas casa por casa, empezando en la de la criada y terminando en la casa de la Alcaldesa. Lógicamente por el camino iban cantando y bailando, pero también iban por las casas para que los vecinos colaborasen en su fiesta dándoles algún donativo, alimentos con los que hacer una comida fraternal, etc. 

El segundo día, o día de la Fiesta Mayor, Las Águedas se reunían por la mañana para preparar el guiso que les serviría para la comida fraternal que se celebraría después de la misa. La criada era la encargada de disponer su casa para cocinar y también para dar unas viandas a Las Águedas que allí acudían para, de nuevo, procesionar desde su casa hasta el Ayuntamiento, enclave donde recibían el bastón de mando del alcalde del municipio (siempre hombre). Desde allí de nuevo partían bailando, con sus llamativos trajes castellanos (Miñuca me detalló las tipologías de traje castellano y su evolución, algo que atesoraré para futuras narraciones gracias al nivel de detalle de sus descripciones que, por otro lado, excederían los contenidos de lo que pretende ser un breve repaso a  estas tradiciones que hoy vemos desaparecer), hacia la Iglesia para celebrar la misa en honor a su patrona. Una vez finalizada la liturgia, procesionaban y bailaban las tradicionales jotas a la imagen de la patrona (que aún hoy conservamos) para finalizar despidiéndose de los músicos para esa tan ansiada comida comunal en uno de los centros que las instituciones les ofrecieran (generalmente, el mismo salón de baile que vimos con San Ildefonso).

Miñuca me relataba que existe una tradición poco conocida respecto a la preparación de la Santa, y es que además de guardar ellas todos los enseres para colocar a Santa Águeda en las andas, antes de la procesión lavan su rostro con vino blanco (ella me reconoce que no sabe el porqué, lo aprendió así).

El tercer día, denominado también como día de cuentas, se conmemoraba a las difuntas de la cofradía y se reunían para concretar la festividad del año siguiente y hacer cuentas de todos los gastos, gastos que pasaban a ese libro de cuentas que la cofradía custodia.

En su día, Las Águedas llegaron a ser más de cien mujeres, pero a mediados del XX muchas de ellas pasaron a ser pensionistas cuyo único rédito no daban para mantener a sus familias y hacerse cargo de las cuotas de la cofradía; así el número de mujeres se vio drásticamente reducido, lo que no minó la moral de nuestras protagonistas que veían cómo La Cistérniga aumentaba más y más su población. Actualizarse o morir, ¿no? Las Águedas cambiaron sus normas y permitieron que toda mujer, casada o soltera, entrase a su formación.

Pero lo más característico de estas fiestas era la iniciativa, la ilusión y la imaginación que le echaban estas mujeres para que el pueblo supiese que esos días eran suyos y que estaban orgullosas de celebrarlo. Así, por ejemplo, en la década de los ochenta del pasado siglo, Las Águedas acudían a las escuelas a recoger a los niños para ir a misa o para pedir por el pueblo junto con ellas el día de vísperas a cambio de unos dulces; les animaban a que bailaran jotas con ellas, empezaron a hacer el famoso concurso de disfraces que tanta alegría levantaba... 

Pero no todo era tan maravilloso, hay que reconocerlo. Estas novedades no gustaban a todas las integrantes, y por ello unas cuantas dejaron también la cofradía dejando su hueco a ideas “más juveniles” -afirmaba Miñuca-. Pero sin duda fueron tres eventos los que destrozaron impíamente la buena voluntad de estas mujeres: en una ocasión vinieron del Norte de Castilla para hacerlas una entrevista cuyo titular se redujo a “Las Águedas de La Cistérniga piden por las calles para poder comer”, una frase que sacada de contexto provocó que se las viese casi como mendigas o como recaudadoras de impuestos… Ellas dejaron de recoger alimentos y dinero por las casas, lo que provocó que los ingresos disminuyesen y las cuotas aumentasen para poder todos los gastos. ¿Consecuencia? Disminuye de nuevo en número de cofrades.

Recientemente, la cofradía acudió a los colegios para informar de quiénes eran Las Águedas, por qué se llamaban así… Vamos, lo que viene siendo contar su historia, historia compuesta por hechos y vivencias. Pero como estamos en la época de lo políticamente correcto, y esto lo afirmo yo en primera persona y no ninguna de mis informantes, les cayó una buena reprimenda por parte de los padres de sendos colegios por decir que Santa Águeda estuvo en un prostíbulo. Pues nada… Ya eso fué el colmo para una cofradía que hacía de todo para animar a sus vecinos y se lo agradecen recriminándolas. Señores, ¡qué la historia no es la que queramos que sea, es la que es! Que quizá no era una información para dar a niños, vale, eso lo acepto, pero como profesor estoy viendo como la educación emocional en las aulas de secundaria está cada vez peor, ¿por qué? Yo lo tengo claro, por edulcorar lo que es la vida, la verdad, los hechos… NO, no vivimos en Disneyland y no hay que estar “siempre bien”. Vean “Inside Out”. Aquí acabo mi alegato.

Los tiempos en los que Las Águedas hacían sopas de ajo, chocolate, bailes, humor…  para con sus vecinos, quedaron atrás y no, no podemos decir que todo se debe a que sean muy mayores (como alguna vez he oído). Somos nosotros los que hemos decidido que eso es de otra época, lo hemos aparcado en pos del “progreso”. Quizá en el futuro, de nuevo en “pos del progreso”, comprendamos que este tipo de tradiciones también son cultura, una cultura que hace que muchos de los que vivimos aquella época hoy en día, por ejemplo, sepamos bailar un pasodoble de esos que ponen en las fiestas del pueblo. Porque, como dice Tere, los hombres, si iban al baile, se solían sentar, pero los niños… ¡Ni uno se libraba de salir a bailar con una de ellas!

.

Informantes

  • Teresa Díez Ortega, 71 años, “nacida y criada en La Cistérniga”. Hoy jubilada, trabajó como hostelera, ama de casa y política.

  • Mª Pilar Prieto Cortés, 60 años,  “nacida y criada en La Cistérniga”. Carnicera. Tengo además la suerte de que sea mi madre.

  • Antonio

..

.

Dicen que los inicios de año sirven para comenzar cosas nuevas: sin duda alguna el final de año de 2001 nos trajo dos grandes novedades a los españoles: el 31 de diciembre de 2001 quedaba definitivamente suspendido por la Ley 17/1999 de Régimen del Personal de las Fuerzas Armadas por el Real Decreto 247/2001. Un día después, diríamos adiós a la tan querida peseta española. Desde ese día, los jóvenes mayores de edad ya no tendrían que cumplir con el Servicio Militar Obligatorio, conocido aquí como la famosa “mili”. 


Poco antes de ser enviados a este servicio militar, estos jóvenes establecían un pacto no escrito entre sus vecinos y ellos: como nos vamos a la mili, nos tenéis que “dejar hacer”. Muchos aprovechaban para declararse, otros para armar bulla por las calles y, lo que yo más recuerdo de mis días de escuela, presentarse en la aulas de colegio para saludar a los profesores y gastar bromas a los niños y sus educadores. Los llamados “quintos” eran esos jóvenes que pertenecían a la misma quinta, es decir, nacieron el mismo año. La “mili” era la excusa de celebrar comunalmente esa mayoría de edad, el “hacerse un hombre”. A día de hoy no me cabe ninguna duda de que se trataba de un rito de paso. Pero como me enseñó mi profesor de Antropología, “los ritos de paso nunca desaparecen, cambian de nombre”. Para mí, sin duda, los quintos de antes son los noveles conductores que festejan el hecho de sacarse el carnet yendo al McDonalds con los amigos que aún están pasando ese proceso. Nuestro “sacarse el carnet” es aquella “mili”.

.


Como adelantaba, los quintos irrumpían en la escuela (la que había en la Calle Las Escuelas) para buscar a los niños y marchar con ellos a pedir, eso sí, si D. Crestencio, uno de los maestros de escuela, no les sacaba primero de las orejas por interrumpir las clases. A las 13h terminaban las clases y eran muchos los estudiantes que marchaban detrás de los quintos con o sin el consentimiento de los padres. Quizá alguna no lo recuerde así pues, quienes pillaron la tradición de mozas (14-15 años) recordará más bien el hecho de que si un quinto te pillaba por la calle, tenías la “obligación” de bailar con él.

Esos días no eran festivos pero, al igual que hicieron las águedas, los jóvenes se dedicaban a amenizar las calles con fiestas, desfiles y jarana. Una de esas tradiciones eran las “carreras de gallos”: dos quintos se disponían frente a frente con su bicicleta o un burro, al modo de las gestas medievales. Entre ellos, de un modo similar al que sostiene la prenda en el juego del pañuelo, una cuerda con gallos o conejos vivos se extendía de extremo a extremo. Esta carrera consistía en que, a la señal, ambos contrincantes debían lograr arrancar al gallo de la cuerda (o lo que pudiesen del pobre animal). Estos animales muchas veces salían de las casas de los vecinos quienes, al ver que les faltaba un gallo, ya imaginaban dónde y cómo lo encontrarían. La razón se impuso a tan salvaje tradición y, en su lugar, se cambió a los pobres animales por botijos o pucheros donde se metían caramelos, harina, agua… y, en lugar de arrancarlos, se golpeaban a modo de piñata para lograr su preciado contenido.

.

Pero no todo era risa, al menos para los que sufrían sus bromas. Los quintos aprovechaban estos días para escarmentar a los vecinos que les hubieran tocado un poco los… durante el año: quemaban manojos y alpacas, robaban gallinas y conejos (o lo que se pillase), tomaban prestado y sin consentimiento los carros -o las ruedas de estos- que había junto a la fragua que existía en la zona de los jubilados para hacerlos rodar calle abajo (luego cambiaron la tradición por los barriles), y quizá una de las más llamativas que mi madre recuerda con especial humor, quitarle las bragas a las monjas. Teresa relataba cómo su tío Domingo, durante estos días, andaba preocupado diciendo “¡madre mía! ¿Vendrán por aquí? ¡Qué no vengan, qué no vengan!” (sin manojos, no hay fuego para el brasero de esos días de duro invierno). Muchos de estos elementos (manojos,alpacas, etc.) se quemaban por la noche en una hoguera en la plaza, tradición que se daba en el pueblo mucho antes de que se impusiera la hoguera de san Juan a imitación de la de otros pueblos y, sobre todo, las Moreras.

Después de estos días, marchaban a sus diferentes destinos que podían ir desde Valladolid (con suerte) hasta las Islas Canarias (donde le tocó a mi padre). El pueblo se apagaba para comenzar la Cuaresma y, poco después, la Semana Santa. Pero eso en la próxima entrega.

.

Por lo tanto, los “quintos” eran esos jóvenes que pertenecían a la misma quinta, es decir, nacieron el mismo año. La “mili” era la excusa de celebrar comunalmente esa mayoría de edad, el “hacerse un hombre”. A día de hoy no me cabe ninguna duda de que se trataba de un rito de paso. Pero como me enseñó mi profesor de Antropología, “los ritos de paso nunca desaparecen, cambian de nombre”. Para mí, sin duda, los quintos de antes son los noveles conductores que festejan el hecho de sacarse el carnet yendo al McDonalds con los amigos que aún están pasando ese proceso. Nuestro “sacarse el carnet” es aquella “mili”.

 

l

Informantes

  • Dña. Teresa Díez Ortega, 71 años, “nacida y criada en La Cistérniga”. Hoy jubilada, trabajó como hostelera, ama de casa y política.

  • Dña. Mª Pilar Prieto Cortés, 60 años,  “nacida y criada en La Cistérniga”. Carnicera. Tengo además la suerte de que sea mi madre.

  • P. Javier Ortega Olmedillo, 52 años, sacerdote y párroco en La Cistérniga.

  • Dr. Javier Baladrón Alonso, Doctor en Historia del Arte, especialista en Barroco. Autor del blog “Arte en Valladolid” y compañero en la Asociación Reunart de la Universidad de Valladolid

A excepción de la Semana Santa cuando coincidía por estas fechas, en abril no había mucho movimiento en el pueblo. A grosso modo, poco han cambiado las tradiciones de estas fechas. La Semana Santa se pronosticaba desde el tiempo de Cuaresma cuyos días, como en muchos otros municipios, algunas familias guardaban tiempo de recogimiento: no comían carne (en especial los viernes), se hacían los bien sabidos bacalaos y potajes… pero no era una cosa específica de nuestro pueblo, sino más bien de aquellos que cumplían con las designaciones eclesiásticas de reflexión y acogimiento.

Algo más “tradicional” de La Cistérniga era el Domingo de Ramos. Ese día los vecinos acudían a la misa con nuevos engalanamientos por aquello de que en “Domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos”, se bendecían los ramos a la puerta de la iglesia y en el interior se leía la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén mientras en el exterior las campanas repicaban a gloria. Daba así comienzo la Semana Santa. Los niños asistían a misa (muchas veces como monaguillos) y esperaban a que terminase para acercarse a los párrocos (Don Cipriano, Don Vale, Don Esteban, Don Pedro, Don Ángel y Don Anselmo) con la intención de que cayese alguna peseta o la hostia sin consagrar. Hoy han cambiado un poco estas tradiciones, aunque podemos afirmar que la esencia se mantiene: la bendición de ramos, estrenar nuevas ropas o ponerse las mejores galas…

El siguiente día destacado de la Semana Santa en nuestro pueblo era el Viernes Santo por la mañana. Lo que voy a contar sonará a muchos, pues la tradición se conserva intacta y se sigue haciendo como se hacía antaño. Este día se hacía un Vía Crucis con el magnífico nazareno que tenemos en el pueblo, una talla “de vestir” del segundo tercio del XVIII cuya autoría ha dado mucho que hablar incluso a los especialistas de esta época; por el habitual recorrido de todas las procesiones de nuestro pueblo (Plaza Mayor, Avda. Real, C/ Lucio Zúmel, Avda. Valladolid, C/ San Cristóbal y Plaza Mayor). Durante la procesión, se iban narrando las catorce estaciones y se cantaba el Vía Crucis (“Madre afligida de pena hondo mar…”).

El último día grande de Semana Santa venía anunciado el día de vísperas con la Vigilia de Resurrección. Se trataba del Domingo de Gloria, el cual sí tuvo mucha importancia en nuestro pueblo (como me comentaba Teresa). Ese día se hacía una merienda en la desaparecida ermita que, por aquel entonces, eran las afueras, afueras, muy afueras del pueblo (otros iban al cerro San Cristóbal, a la actual Plaza de la Cruz donde estaba la fábrica de Mendicote). En esa merienda cada cual llevaba su atillo con una servilleta, una tortilla donde el chorizo -¡por fín!- y la patata eran los protagonistas, y una rosquilla de postre. Este era un auténtico acto popular que se transmitió de padres a hijos sin que ninguna autoridad lo patrocinase (no estaba vinculado a la iglesia ni al ayuntamiento). Se ve que la merienda sabía a poco porque, un día después, lunes de Pascua en el que los chavales aún no tenían clase, iban a merendar de nuevo a “La Ribera” (a la entrada del pueblo)



Informantes

Dña. Teresa Díez Ortega, 71 años, “nacida y criada en La Cistérniga”. Hoy jubilada, trabajó como hostelera, ama de casa y política.
Dña. Mª Pilar Prieto Cortés, 60 años,  “nacida y criada en La Cistérniga”. Carnicera. Tengo además la suerte de que sea mi madre.
P. Javier Ortega Olmedillo, 52 años, sacerdote y párroco en La Cistérniga.

El mes de mayo es, paradójicamente, el que menos tradiciones conserva en nuestro pueblo. Digo “paradójicamente” porque mientras la mayoría de los pueblos celebran por esta fecha las mayas, la fiesta de la virgen, la fiesta de la cruz… La Cistérniga no mantiene celebraciones por estas fechas. No obstante, y como he dicho en otras ocasiones por boca de J. L. Alonso Ponga, “basta que un pueblo considere que algo es tradicional para que sea entendido como tal” (aunque se haya inventado ayer). Por ello, describiré algunas de las “tradiciones” que en los últimos años incorporamos a nuestras prácticas.

 


Junto con las mayas, muchos pueblos tienen por costumbre “subirse a la cucaña”, un juego popular en el que los hombres (y desde el nuevo milenio también mujeres) se dedican a trepar un poste sin más ayuda que sus brazos y piernas. Ese poste muchas veces estaba coronado con un jamón o una ristra de chorizo y, quien lograse treparlo, se quedaba el tan preciado sustento. Ahora bien, si ya de por sí trepar los más de cinco metros que podía medir la cucaña o mayo era complicado, mucho más lo sería si este se embadurnaba con grasa o manteca, algo que era prácticamente asegurado.

Todos mis informantes coinciden en que en este pueblo no había tal tradición, sin embargo yo tengo el recuerdo, siendo niño, de ver trepar a los chavales a la cucaña y por eso recordaba el nombre. Recuerdo, además, que cuando yo mismo entré en la adolescencia, nos dedicábamos a trepar las banderas que actualmente hay en la Plaza Mayor imitando aquella popular fiesta. ¿Será un recuerdo adulterado o realmente se hizo algún año en el pueblo?


En el año 2013, denominado como “Año de la Fe”, se hizo una procesión popular con varias imágenes hasta el monumento levantado en el Camino Hondo que recuerda la ubicación exacta de la Ermita del Humilladero o del Cristo del Amparo. Aquella ermita del s. XVI; de adobe, tapial y ladrillo; cayó en ruina en los años setenta y por ello se trasladaron las imágenes que en ella se conservaban a la Iglesia de San Ildefonso.

Aquella procesión del año 2013 sirvió para que tanto la Virgen de las Maravillas como el Cristo del Amparo, imágenes que se encontraban originalmente en la ermita, regresasen al lugar donde un día estuvieron. Fue, por decirlo de algún modo, el precedente de la procesión del “Rosario de las Antorchas” o simplemente la “Procesión de las Antorchas”. Ésta se “inventó” en el año 2015, poco después de que los Pavonianos se encargasen de la Parroquia de San Ildefonso y de que se construyese ese monumento que rememora la ubicación de la antigua ermita (2008).

Aunque es cierto que la Cofradía de las Maravillas es una de las más antiguas del pueblo (1893), El Rosario de las Antorchas es infundado (no existía un precedente histórico del mismo) y esta nueva -y ya tradicional- procesión rememora también, en cierta manera, aquella romería que hacían las maravillosas (como se nombran popularmente a las mujeres de esta cofradía de La Virgen de las Maravillas) hasta la ermita. El  nombre de “Procesión de las Antorchas”  o “Rosario de las Antorchas” se debe a que estas luminarias alumbran el camino que debe seguir la comitiva en su transcurso hasta el antiguo templo el último viernes de cada mes de mayo.


La otra procesión que ocurre este mes es la del Cristo del Amparo, imagen devocional de finales del XVIII que también se encontraba en la ermita homónima, de la Vera Cruz o del Humilladero (pues recibía todos estos apelativos). La cofradía que se encargaba de velar la imagen era la Cofradía del Santísimo Cristo de Amparo (fund. en 1857) promovía una romería hacia la ermita y ese día se celebraba una comida popular en el entorno de la misma. No era una comida tan multitudinaria como la que se hacía en otras fechas, pero los mayores la recuerdan con agrado porque la romería era casi una excursión donde todos los vecinos comían “Amparados” por la sombra de la ya desaparecida ermita.



Otra de las “celebraciones” que se hacían en La Cistérniga eran las cencerradas. Bueno, no eran celebraciones como tal y tampoco eran exclusivas del mes de mayo, pero desde luego consistían en actos populares para hacer saber a los novios que eso de casarse “era una mala idea”.

Las cencerradas consistían en reunirse el grupo de amigos e ir a casa del novio (y alguna vez a la de la novia) días antes de que se casara o el mismo día de la celebración. Iban mientras éste dormía para montar bulla y jarana en la puerta de su casa, normalmente golpeando sartenes, cazuelas o bidones, y así no dejarlo dormir. Aunque se convirtió en una excusa de tantas otras para conmemorar la despedida de soltero (como cortar la corbata, impedir que los novios entren al coche al haberlos llenado previamente de globos, etc.), el origen era una forma de protesta por parte de los amigos para decirle al novio que no aprobaban su unión con la chica en cuestión. Así el reproche se convirtió en fiesta.

Esta historia me la contó Mercedes y, sin duda alguna, lo que más me llamó la atención es que ella sabía de esta tradición pero no la había vivido. Cuando le he preguntado a mi madre antes de escribir sobre la misma, me ha dicho que ella tampoco lo vivió, pero que sabe que se hacía proque se lo contaron siendo ella muy pequeña. Es decir, es una de las tradiciones más viejas del pueblo y que más pronto se perdió.

Informantes
Dña. Teresa Díez Ortega, 71 años, “nacida y criada en La Cistérniga”. Hoy jubilada, trabajó como hostelera, ama de casa y política.
Dña. Mª Pilar Prieto Cortés, 60 años,  “nacida y criada en La Cistérniga”. Carnicera. Tengo además la suerte de que sea mi madre.
P. Javier Ortega Olmedillo, 52 años, sacerdote y párroco en La Cistérniga.

El mes de junio es uno de los meses más tranquilos en lo referente a tradiciones. Quitando el final del curso escolar, las últimas comuniones y las primeras vacaciones, sólo el Corpus Christie mantiene algo similar a lo que podríamos denominar tradición.

Y es que junio es posiblemente uno de los meses favoritos de los estudiantes (aunque también el más temido porque llegan las notas), en él, llegan las vacaciones que quedan oficialmente inauguradas con la hoguera de San Juan Bautista. Y aunque esta hoguera tiene un alto poder simbólico desde el punto de vista antropológico (es el día más largo frente a San Juan Evangelista que es en diciembre, la importancia de los elementos en esta fiesta -agua, fuego, tierra y aire-, etc.), debemos reconocer que en La Cistérniga no tiene la raigambre tradicional que tiene en otras poblaciones de nuestra provincia. Eso sí, esa hoguera en La Cistérniga existía y con otra carga simbólica muy importante en el mes de agosto (ya hablaremos de ello en dicho mes).


Así, la única fiesta real e importante que de tradiciones nos habla en este mes de junio es la fiesta del Corpus Christie; fiesta que se perdió en el pueblo en las postrimerías del siglo XX y que con la llegada de los Pavonianos a nuestro pueblo se ha retomado.

La fiesta realmente no difiere de cómo se realiza en otros pueblos. El jueves que corresponde a sesenta días después de la fiesta del Domingo de Resurrección, el sacerdote procesiona bajo un toldo por las calles con la custodia encargada de albergar la hostia consagrada que para los católicos representa el Cuerpo de Cristo (de hecho, más que representar y gracias al dogma de la transubstanciación, realmente “es” el cuerpo de Cristo). Dado que en la Comunión es la primera vez que los catecúmenos reciben “el cuerpo de Cristo”, es decir, en cierta manera son los protagonistas, será en esta festividad que conmemora la presencia de Cristo cuando ellos, ya iniciados en el camino de la fe, procesionan “custodiando” la custodia (valga la redundancia).

Así pues, y una vez más, encontramos vinculada una fiesta religiosa con una fiesta civil. Eso sí, hay un cambio importante: ese jueves que corresponde con el Corpus es un día laboral y por ello en la mayoría de las poblaciones, incluyendo la nuestra, esta celebración se retrasa hasta el domingo de esa misma semana. La procesión comienza tras la misa, los recientemente comulgados abren la procesión detrás de la Cruz Guía y los estandartes de las diferentes cofradías del pueblo mientras tiran por las calles pétalos que simbolizan la transición espiritual (el camino del catecúmeno) y física (el camino que ha seguido la procesión). Detrás de todos ellos, el sacerdote lleva la Hostia dentro de la Custodia, sin llegar a tocarlo con las manos, y amparado bajo el paleo. Este elemento, el paleo, cumple una función nada trascendental: impedir que al sacerdote le dé una insolación y evitar así que el Cuerpo de Cristo ruede por los suelos.


Otro elemento que caracteriza ese sincretismo entre la fiesta civil y la fiesta eclesiástica la encontramos en los altares. La procesión transcurre por las calles y va parando en diferentes casas de vecinos quienes, ofreciendo un reclinatorio que compraron para la comunión e imágenes religiosas para que el sacerdote bendiga su casa, repartían un dulce a todos los que se congregaban ante su puerta. El altar sería esa mesa en la que los vecinos colocan adornos florales y esas imágenes religiosas que guardarán en sus hogares hasta el siguiente año, favoreciendo un efecto apotropaico a todo el hogar.


La procesión finalmente regresaría a la iglesia y con una bendición del sacerdote ante todos los presentes y quizá alguna oración, la celebración termina teóricamente, ya que muchas familias aprovechan este día para comer juntos.

 

Informantes

  • Dña. Teresa Díez Ortega, 71 años, “nacida y criada en La Cistérniga”. Hoy jubilada, trabajó como hostelera, ama de casa y política.

  • Dña. Mª Pilar Prieto Cortés, 60 años,  “nacida y criada en La Cistérniga”. Carnicera. Tengo además la suerte de que sea mi madre.

  • Dña. Visitación Prieto Cortés, 50 años, “nacida y criada en La Cistérniga”. Funcionaria.

  • P. Javier Ortega Olmedillo, 52 años, sacerdote y párroco en La Cistérniga.

Las fiestas de la Virgen del Carmen

 

Existe un aforismo atribuido al barón de Montesquieu que dice así: podéis cambiar las leyes de un pueblo, atentar a su libertad, pero no se os ocurra tocar sus fiestas. En el mes de julio La Cistérniga se viste de fiesta gracias a la Virgen del Carmen y todas las tradiciones, juegos y costumbres que en esos días se realizan. Aunque muchas de las actividades que hoy realizamos proceden de hace años, la mayoría han cambiado respecto a cómo se celebraban o incluso han desaparecido completamente. Muchos creen que una tradición, por el mero hecho de serlo, es inmutable… nada más lejos de la realidad. Lo que no se adapta, muere. Las tradiciones amparadas en la antigüedad no son más que reivindicaciones presentistas o fruto del constante cambio y avance del tiempo, son un ánima mundi. Si pasan por el Casón del Buen Retiro de Madrid leerán una frase que dice “todo lo que no es tradición, es plagio”. Pues lo dicho…

Para empezar, estas fiestas en Honor a la Virgen del Carmen no solían durar más de tres días: siempre eran el 16, 17 y 18 de julio. El 16 era la virgen, el 18 era fiesta en toda España (Alzamiento Nacional) y el 17 pillaba por el medio y ya, si tal, se hacía puente. El primer dato llamativo es que no existía una comisión de fiestas o un apoyo por parte del ayuntamiento sino que, como en San Ildefonso, era el propio pueblo quien con la colaboración de los bares y vecinos organizaba los actos de estos tres días. El baile, por ejemplo, contaba con una sesión abierta en la plaza que pagaban los bares del pueblo mientras que el resto de sesiones se hacía, previo pago de entrada, en el Salón que ya comentamos con San Ildefonso. Cabe destacar que durante estas fiestas se elegía la “Reina del Baile”, otro de esos ritos de paso donde las chicas entraban en la mocedad.

Al igual que en aquel entonces, había muchas peñas de amigos que se juntaban para comer, beber y festejar la patrona. Eso sí, a diferencia de hoy en día, las peñas eran sólo masculinas y las mujeres entraban en las bodegas sólo cuando eran invitadas por alguno de los chicos que en ellas estaban (no hace falta ser muy listo para saber quién era el anfitrión). La primera peña que integró a mujeres, según me relató Tere, fue la Peña de la Vinagrilla, seguida de cerca por Raíces y Jarrillo. Estas peñas, a su vez, acogían a todos los vecinos que quisieran pasar a probar su limonada (algo de lo que hablaré al tratar el asunto de las puertas abiertas y el concurso de limonada). En aquellos tiempos era muy poca la gente que venía desde la ciudad y por ello era asequible invitar al trago de limonada, como dice la canción de Candeal, a todo aquel que por allí pasaba. Además existían esas típicas bromas que el “paleto” hacía al “urbanita”, ¿alguno de ustedes ha ido a cazar gamusinos o acabó en el pilón -para bien o para mal-?

Otra característica es que el pueblo, con sus roces que siempre existirán, estaba mucho más unificado que hoy en día. Yo recuerdo que mi abuela se sentaba en la puerta de la Calle San Cristóbal con las vecinas y, al pasar, todas me daban la propina para que montara en los carruseles que se situaban en lo que actualmente es el Froiz y que por aquel entonces me parecía ya las afueras, muy afueras, del pueblo. Además todos los vecinos y peñas hacían un bocadillo que otro para los hijos de los peñistas y ya, de paso, a los amigos que iban con él. Recuerdo que cuando yo dejé la Peña Raíces (la de mis padres) por la mía propia que hice con el grupo de clase, seguía pasándome por allí o por la Peña El Refajo y me daban un bocadillo para cenar.

Y, aunque muchas cosas cambiaron con la creación de las primeras comisiones de festejos y el apoyo de los organismos oficiales, aún hoy muchas cosas se mantienen. Veamos algunas de ellas:

1. Decorar las calles y las peñas: el desfiles de peñas y los disfraces

En cierta medida, esta costumbre se mantiene con algunos cambios sustanciales que desde la incorporación de La Cistérniga Sí en la Comisión de Festejos se han intentado promover de nuevo. Hablo, cómo no, de la decoración de peñas y calles.

Si a día de hoy paseamos por una de las calles que salen del parque del burro dirección al quiosco de Vanesa, o paseamos por la plaza mayor desde el lateral de los soportales que hay frente al Portazgo veremos sendas placas con un escrito que aquí parafraseo: a la calle mejor decorada en fiestas. Y es que, durante muchos años, el ayuntamiento promovía que los vecinos continuasen con aquella labor que por su propia cuenta empezaron: vestirse no solo a uno mismo sino también a todo el pueblo. Las calles colgaban guirnaldas de colores, ramilletes, banderines… Las peñas y bodegas (locales), exactamente igual.

Esta costumbre también se ve reflejada en algunos de los viejos carteles de fiestas que hoy ya no se ven, carteles que anunciaban la llegada de las fiestas por nuestras calles. En el año 2018, el programa de fiestas tuvo por portada precisamente una imagen que recopilaba todos aquellos carteles de fiestas de años anteriores.

Hoy, como ya advertía, la costumbre ha variado. El desfile de Peñas con su ahora tradicional concurso de disfraces para la mejor peña ha venido a sustituir aquella celebración. Ya no son las calles las que se engalanan, sino los propios peñistas.

2. Los concursos

En gran parte, conservamos la mayoría de concursos que se hacían en este pueblo. Concurso del huevo y el vino, concurso de limonada… Pero otros han desaparecido completamente, como es el caso del Tiro de Soga.

El Concurso del Huevo y el Vino es exactamente igual que hace años. Para el Huevo, dos integrantes de una misma peña se pasan un huevo intentando que no se rompa; la dificultad recae en que estos dos peñistas están cada vez más lejos entre sí. El objetivo es aguantar una mayor distancia que el resto de peñas sin que el huevo casque. En el caso del Vino, el concurso consiste en trasladar el vino (actualmente agua en el caso de menores) desde un recipiente a otro en un tiempo determinado; gana aquella peña que llene más recipientes. No sé porqué, pero siempre que pienso en estos concursos los recuerdo con mucho sol.

El concurso de limonada iba de la mano de lo que hoy llamamos las “Puertas Abiertas” que abren las fiestas. Este concurso surge como una forma de invitar a los amigos y vecinos a la peña a probar la limonada (de ahí lo de puertas abiertas). Tere me relataba que hoy el concurso se hace de otra manera ya que es inasequible invitar a tanta gente como viene a fiestas a probar la limonada. Si ya la peña La Vinagrilla llegó a llenar 40 cántaros de limonada para aquellos que bajaban a la bodega, ¿cuántos cántaros necesitarían hoy?

El tiro de soga era uno de los concursos más populares, no entiendo muy bien por qué se dejó de hacer. Recuerdo haberlo visto tanto en la Plaza Mayor como en el lugar donde hoy se hace la Hoguera de San Juan (detrás de las piscinas). Ni que decir tiene que este concurso reunía a los varones de las peñas (más tarde se realizó con mujeres y luego ya en grupos mixtos) enfrentados peña a peña por lograr que el pañuelo superarse la marca en el suelo al darse la señal.

En cuanto a los premios de todos estos concursos, han variado a lo largo del tiempo. En un principio simplemente contaban con el reconocimiento popular (ya que era el propio pueblo el que los organizaba para animar las fiestas), luego se incorporaron los famosos premios del queso, chorizo y jamón e, incluso durante algunos años, se ofreció un premio en metálico.

3. Jotas para la patrona

A decir verdad, creo que esta tradición no ha cambiado ni un ápice ni en este pueblo ni en ningún otro. Es costumbre que el día del patrón se saque a la calle una imagen, habitualmente de madera, con un claro sentido taumatúrgico, profiláctico, apotropaico y protector: hacer que el santo o virgen de turno intercediese por los hombres al pedir una buena cosecha, una buena fiesta, un buen año… Personalmente, creo que no existen los ateos, todo el mundo cree en algo incluso cuando se dice a sí mismo que no; esto es como las meigas (“no creo en ellas, pero haberlas, hailas”). Para muestra un botón, estoy seguro de que muchos de ustedes dan los “buenos días”, eso, en sí mismo, es un acto apotropaico. Da igual que crea o no, da igual que sólo busque pasarlo bien, la tradición sobrevive incluso cuando ignoramos sus porqués y es que, para colmo, muchos de estas festividades procedían de fiestas o rituales paganos, de fenómenos astronómicos, etc. que fueron adaptados por el cristianismo. Usos y Costumbres me enseñaron en Antropología, pero eso es otra historia.

La Virgen del Carmen es la patrona de los marineros y está relacionada con los mares y océanos, ¿por qué entonces celebramos en este paraje del secarral castellano la Virgen del Carmen? Como conté ya en una publicación de Instagram (@elcaminanteysu_sombra), más que ser una virgen marinera, es una virgen intercesora y valedora de todos los difuntos (incluso los fallecidos en la mar). La Bula Sabatina promulgada por el papa Juan XXII en el año 1322 afirma que “el sábado siguiente a la muerte [del difunto], la Virgen del Carmen intercederá para que el alma del difunto que ha vestido con devoción el Santo Escapulario, salga del purgatorio y pase a la Vida Eterna”. Y es que La Cistérniga ha sido un pueblo relacionado con las fábricas, con la cerámica… No es de extrañar que la mortalidad hubiera servido de causa suficiente para invocar a la Virgen del Carmen.

Así, todos los 16 de julio sale en procesión nuestra Virgen del Carmen de mano de la Cofradía Homónima fundada en 1798. Al igual que el resto de cofradías (véase la publicación dedicada a San Ildefonso), existen unos cargos, actos y tradiciones dentro de la propia cofradía. La imagen, datada probablemente a finales del XVII, muestra los atributos de la Virgen del Carmelo: virgen coronada, escapulario y niño en brazos. A su paso por la calles del municipio en procesión, a medida que se consuma ese acto taumatúrgico, la gente baila al son de los grupos de dulzainas y tambores el que es el baile tradicional de Castilla por antonomasia: la jota. Mientras algunos espontáneos saltan en vítores el lema aquel de “¡Viva la Virgen del Carmen!”.

4. La merienda popular y la resaca

Actualmente, las fiestas del Carmen duran en torno a 6 días, el último de los cuales recibe el nombre de “Día de la Resaca”. Recuerdo que hace unos años, la TV de Castilla y León vino este día de fiestas a cubrir lo que sucedía en el pueblo e, igualmente, recuerdo que lo llamaron “tradicional”. Ya dije en una ocasión anterior que J.L. Alonso Ponga define la tradición como “aquellas costumbres que el pueblo identifica como propias independientemente del tiempo que se lleven realizando o que existan festividades similares en otros pueblos”. Éste es un buen ejemplo de ello.

El día de la Resaca no existía hasta hace unos pocos años, es realmente un invento reciente y que se caracteriza quizá por la intimidad que rebosa en el pueblo en comparación con los días precedentes. No hay tanta gente de Valladolid y en este día parece retomarse aquellas fiestas de hace años donde apenas teníamos visitas. Así mismo, este día se aprovecha para hacer algo que sí es añejo: la merienda popular.

La merienda popular consiste en la reunión de todas las peñas y vecinos en el Parque de la Chopera, junto al burrito, para compartir unas viandas entre todos y celebrar así el fin de fiesta a la española, con una buena comida. Lo cierto es que esta merienda popular ya existía en la época en la que las fiestas eran organizadas por la propia vecindad, merienda que se realizaba en el alto de las bodegas donde tantas veces se juntan los jóvenes hoy en día para beber. Esta merienda popular tendrá sus resonancias días después ya que, por la cercanía con Herrera, muchos vecinos aprovechaban el fin de semana o las vacaciones para ir a darse un baño al río y repetir allí la merienda.

5. Los encierros “al estilo de la Villa”

Una de las celebraciones que más me gustan -por lo risible que me resulta- es aquella que en el Programa denominan “Encierro Tradicional al estilo de la Villa”. Lo primero que me pregunto es ¿cómo es el estilo de la Villa? Pues bien, después de años viendo estos encierros he llegado a una conclusión: el estilo de la villa debe consistir en correr los toros, vaquillas y novillos detrás de ellos. Vamos, digo yo que será ese el “estilo de la villa” ya que es la única diferencia apreciable que he observado respecto a otras villas.

La segunda pregunta es por qué tradicional. Según la definición de “tradición” ya mencionada, no cabe duda de que los encierros sí son una tradición pero, ¿hace cuánto que se celebra? Pues bien, aunque nos parezca extraño, estos encierros datan de muy finales del siglo pasado; es decir, hace apenas unos 50 años. ¿Eso significa que antes no hubo tradición taurina en el pueblo? No necesariamente, sino que más bien esa costumbre se perdió completamente a diferencia de otras villas cercanas como Herrera, Tudela o Laguna de Duero. 

Antes de los años 50 estos encierros eran una de esas manifestaciones populares que ya hemos advertido y, más que encierros, hablaríamos de una especie de suelta de vaquillas o de corridas. En el antiguo patio del colegio, varios vecinos prestaban sus carros para formar una especie de plaza de toros improvisada donde se soltaban las bestias que esperaban impacientes en el lagar que existía junto a la Plaza Mayor (donde está actualmente el salón de baile del Mesón Don Juan Manuel). No fué hasta los 70, de manos de D. Ángel Díaz -alcalde del municipio- cuando se comenzaron a traer Plazas Portátiles y los encierros tal y como los conocemos hoy.

6. La mojada

La mojada, al contrario de otras de las tradiciones que hemos comentado, sí que tiene historia en este pueblo. Hoy en día se hace en ese “día de la resaca” cuando el sol más aprieta, pero en su día eran los propios vecinos quienes comenzaron con la mojada como una broma. Todo empezó porque una vecina tiró un cubo de agua por la ventana y, como quien dice, ya quedó instaurado que todo aquel que saliese a la calle a partir de las 16h, corría el riesgo de acabar empapado. Al principio la mojada se hacía sólo en la zona de las viejas escuelas y la calle San Cristóbal, pero pronto se fueron sumando todos los vecinos, luego las peñas y finalmente las instituciones que lo respaldaron cuando vieron que eso era imparable.

 


Al contrario de hoy en día, agosto era uno de los meses más importantes en el pueblo. No podemos olvidar que La Cistérniga ha sido un pueblo que tradicionalmente se ha dedicado a la cerámica y, como no en la meseta castellana, a la ganadería y agricultura (de hecho, aún quedan familias de agricultores en nuestro pueblo). ¿Y qué tiene qué ver el fenómeno de la agricultura con las fiestas y agosto? Recientemente explicaba en mi Instagram (https://www.instagram.com/elcaminanteysu_sombra/) la curiosa relación que se establece entre la fe, la tradición y la astronomía. Veamos este fenómeno.


Es bien sabido que con la llegada del cristianismo se sacralizaron y sincretizaron fiestas paganas. La inmensa mayoría de ellas, de índole animista y naturalista, pretendían “agradecer” a la tierra sus frutos y, por ende, eran “marcajes de tiempos”: ¿cuándo se debe plantar, cuándo cosechar, cuándo recolectar, etc? Ese es el caso de la Fiesta de la Asunción (15 de agosto) y de refranes que nos dicen que las noches empiezan a notarse (“de virgen a virgen los sesos se derriten) y comienza el periodo de lluvias y recogida de cosechas (“por la Virgen de agosto, pintan las uvas y por San Judas, ya están maduras”). Así vemos un ejemplo más donde el calendario litúrgico se sincroniza con el calendario agrícola e, incluso si nos ponemos estelares, con el calendario astronómico: el 15 de agosto dejamos de ver la estrella más brillante de la constelación zodiacal de Virgo, Spica (¡espiga!), en el horizonte. ¿Virgo? ¿No es casualidad que coincida esta fiesta con la “dormición” y asunción de la Virgen a los cielos? ¿Y qué pensar si comenzaremos a ver esa misma estrella de nuevo el 8 de septiembre (natividad de María)? Muerte y vida marcadas, una vez más, en las estrellas.

Pero si el 15 es la Virgen, el 16 es… Poco hablamos de las canciones populares (que merecen estudio aparte), pero recuerdo a mis dos abuelas, Visi y Margarita, cantar aquello de


Me metieron prisionero,
por decir "viva San Roque".
Me metieron prisionero.
Y ahora que estoy en prisiones:
¡Viva San Roque y el perro!
¡Viva San Roque y el perro!.
Me metieron prisionero.
Arrímate a mi viña que soy San Roque,
que si viene la peste que no te toque.
Que no te toque, niña, que no te toque.
Arrímate a mi viña que soy San Roque.

¿La han cantado en sus cabezas según lo leían? ¡Estupendo entonces, algo bueno les quedó de sus antepasados! Y es que las canciones populares, la música tradicional que tanto defiendo, enseño y que tanto gusta a los chavales de la ESO cuando aprenden a fabricarse el carajillo (el instrumento, no el café cargadito) o a tocar las cucharas; tiene unos posos de sabiduría que nos legan historias y mensajes desde el pasado.

Parece ser que el bueno de San Roque nació en Montpellier (Francia) a finales del XII de una familia de rancio abolengo, quedó huérfano bien joven y decidió legar todas sus posesiones para peregrinar a los Santos Lugares (de ahí la veneración que se le tiene en el Camino de Santiago como peregrino). Según se dirigía a Roma por la ruta toscana, se detuvo en Acquapendente (el Lacio romano) a asistir, gracias a sus conocimientos en herbología, a los enfermos de peste en dicha localidad, con la mala suerte de contagiarse él mismo (otras versiones dicen que “le pilló” en Piaciencia). Ante tal hecho, el bueno de Roque sabía que si se quedaba entre la gente podría transmitirles el mal, por ello se retiró en soledad al bosque para curarse y orar o, en su lugar, prepararse para la muerte que en una fría noche un ángel del señor le anunció (bueno, no olvidemos que el adjetivo “peste” se aplica para todas las enfermedades contagiosas que muchas veces provocaban fiebres y alucinaciones); sea como fuere, en su vida asceta le visitaba todas las noches un perro (animal psicopompo por excelencia: el que lleva las almas al más allá) con una hogaza de pan para alimentarlo y, de regalo, le daba unos lametones en las pústulas causadas por tal afección. Sea como fuere, gracias al perro, a Dios o a sus conocimientos médicos, el bueno de Roque se curó. ¿Les suena esta representación de San Roque con el Perro? A mí me recuerda otra de esas canciones que mi madre me ponía en la versión de Rosa León:

El perro de San Roque
El perro de San Roque
No, no, no, no
No tiene rabo
Porque Ramón Rodríguez
Porque Ramón Rodríguez
Se, se, se, se
Se lo ha cortado

No sé quién será Ramón Rodríguez, pero qué mala sombra. Así San Roque se convirtió en uno de los santos más convocados ante enfermedades infecciosas, incluida, cómo no, el COVID. ¿No le han visto durante la pandemia decorando algunos balcones como el de “el huevero” en la Calle Fragua? Esa es otra, algún día tendremos que hablar de los motes y apodos de nuestros vecinos y del nombre de nuestras calles…

Agosto fue uno de los meses más importantes: las cosechas, el final del ciclo veraniego, etc. No es casualidad que nuestros vecinos celebren en este mes lo que en otras poblaciones se celebra durante todo el verano: las meriendas populares de la Virgen de Agosto o las hogueras de San Roque.

Informantes
Dña. Teresa Díez Ortega, 71 años, “nacida y criada en La Cistérniga”. Hoy jubilada, trabajó como hostelera, ama de casa y política.
Dña. Mª Pilar Prieto Cortés, 60 años,  “nacida y criada en La Cistérniga”. Carnicera. Tengo además la suerte de que sea mi madre.
P. Javier Ortega Olmedillo, 52 años, sacerdote y párroco en La Cistérniga.


Tere me dijo en nuestra conversación que este es uno de los días que más añora de aquel tiempo pues servía para que todos los vecinos, con sus familias, subieran al alto de las bodegas a celebrar una merienda popular en la que cada uno ponía lo que tenía. Estas meriendas ya las vimos cuando hablamos del mes de julio, y es que durante algún tiempo coincidieron los espacios de celebración (que no las fechas) porque la asistencia a las bodegas durante la merienda de agosto era tan grande que llegó a ser peligroso. Como ya he mentado, este mes servía para la recolección y, por supuesto, muchas de las zarceras presentes en las bodegas estaban abiertas para verter la uva desde el exterior hacia el interior de la bodega. No hace tanto tiempo, un chaval cuya identidad preservaré se cayó precisamente desde el alto de una zarcera hacia el interior de una bodega.

Cuando esas zarceras se taparon con grandes losas, la merienda de este día se trasladó desde la zona del Parque del Burro hacia las bodegas. De ahí que se perpetuasen dos meriendas distintas: la de las peñas en la zona del Burro y la merienda popular y familiar en agosto. Hoy en día muchos jóvenes han “mantenido” la tradición sin saberlo, aunque con sutiles cambios; los chavales adquieren la propiedad de las bodegas y celebran los tan consabidos botellones que tanta polémica generan. No es que quiera defender los botellones (y menos en jóvenes), pero esto me recuerda aquel discurso de Socrates que, según recuerdo, citó Ortega y Gasset: las cosas no han cambiado tanto. Y es que aquel que bajaba a las bodegas allá por el siglo pasado, aunque fuese de vez en cuando, ya era tachado de beodo.


La “otra merienda”, si es que podemos llamarla así, transcurría en armoniosa vecindad con los Herrera de Duero. Y es que aunque en la capital tienen playa, la idea de irse a bañar al río ha existido siempre y eso estaba mal visto por los de la ciudad. Muchos vecinos, incluidos los de la capital, iban a los pueblos cercanos en tren, coche y andando hasta el río para poder pasar los fines de semana y festivos del caluroso verano. Así, Herrera y Tudela de Duero, Viana de Cega o el mismo Canal del Duero, servían a todos los provincianos para refrescarse. Pero claro, eso muchas veces no era más que la excusa para juntarse todos, familias que vivían en los distintos pueblos incluidas, para hacer una comanda compartida. Escribiendo estas líneas, encontré un reportaje de El Norte de Castilla (https://www.elnortedecastilla.es/valladolid/provincia/cisterniga-pueblo-esencia-20210523122618-nt.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F) donde se cita brevemente este fenómeno social.


¿Se acuerdan que durante junio apenas dediqué unas palabras a la Hoguera de San Juan? Pues aquí la tienen, transformada de forma particular en una de las señas de identidad de nuestro pueblo, hoy perdida. En aquel entonces La Cistérniga no era ni la quinta parte de lo que es hoy: rodeada de heras, descampados y pequeños pinares; contaba con dos zonas o “barrios”, el barrio alto o Barrioncillo y el barrio bajo en la zona de la Calle San Cristóbal y Plaza Mayor. En ambas zonas se encendían las hogueras entre todos los vecinos de cada “barrio” con lo que yo veo como una clara acción sincrética de acción de gracias: si en San Juan las hogueras son para quemar lo malo y propiciar un buen verano, las de San Roque sin duda servían para agradecer las cosechas y dar gracias por la ausencia de plagas (nuestra peste). No es casualidad así que la paja, los cajones de pescado de Galones, las raíces, los zarzillos y en general todos los desechos de la cosecha y del espigar que servía para separar la paja del grano; sirvieran de pasto para las llamas de estas afamadas hogueras.


Desde luego, la cercanía con la ciudad y la globalización tienen sus ventajas, pero también sus desventajas (pandemias, olvido de nuestras tradiciones y bailes a favor de las ajenas…). Sin duda alguna, estas hogueras tan aclamadas que eran fruto de estas microfiestas de agosto (el 15 la virgen el 16 San Roque) se olvidaron por asimilarlas con las de San Juan, por ello algunas asociaciones y peñas trataron de conservarla haciendo sopas de ajo, salchichada, o la tan rica “Caldereta Popular” que hace unos años se intentó recuperar. Pero al final la hoguera se trasladó de día y San Juan Bautista tuvo más fuerza que San Roque y su perro juntos.

 


 

 

 

 

 

 

EL TIEMPO

 

 

 

LA CISTÉRNIGA DIGITAL:

COMUNICADO INFORMATIVO

.

 

 

 

 

 

LÍNEAS

BUS

 

 

 

CALENDARIO

Descárgatelo en PDF

La Cistérniga

Escolar 20/21

Laboral 2021

Conercial 2021

Fiscal 2021

Lunar 2021

2021

 

 

.
.

 

 

RECICLAJE
LA CISTÉRNIGA
Punto limpio
recogida enseres
como reciclar ...

.

 

 

 

.

 

RUTAS POR
LA CIRRIA