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LA CISTÉRNIGA EN LA MEMORIA

Relatos de las tradiciones de nuestro pueblo contadas por gente que las vivieron

Por Abel Mostaza

La palabra “tradición” quizá sea una de las más dicotómicas y ambivalentes de nuestro vocabulario: por un lado levanta ánimos y constituye una memoria colectiva y ancestral; por otra es fruto de críticas por ser consideradas anacrónicas, supercherías o contrarias al progreso. Pero de lo que no cabe duda es de que son un legado, una historia que alguien cuenta ”a veces de no hace tanto tiempo” -como dice Jose Luis Alonso Ponga- porque la considera relevante para definirse, para contar sus vivencias y experiencias tanto personales como en la sociedad en la que habita.

Pero yo no vengo aquí hacer un alegato en defensa o en contra las tradiciones más sonadas, sino a intentar poner en claro algunas de las que se vivieron con mayor efervescencia en las calles de nuestro pueblo, vivencias que he podido recoger de diferentes personas que me abrieron sus puertas para contarme qué recuerdan de aquello y cómo lo vivieron, qué significó para ellas y quizá, de esa manera, poder conocernos un poco más a nosotros mismos, ir por la calle y rememorar, como si fueran nuestros recuerdos, algunos de los escenarios que allí acogieron estas historias.

Por último quiero agradecer a Manuel Doval y a su medio, La Cistérniga Digital -al que siento como mío propio- esta oportunidad para poderos contar lo que a mí me han contado y, por supuesto, muchísimas gracias a todos mis informantes: Teresa, Miñuca, Pilar, Antonio y tantos y tantos otros que mentaré en cada una de las entregas de lo que espero sea una crónica mensual que os guste y agrade. ¡Va por ellos, por los que les precedieron y por los que vendrán! ¡Vamos allá!

Enero

Informantes

  • Teresa Díez Ortega, 71 años, “nacida y criada en La Cistérniga”. Hoy jubilada, trabajó como hostelera, ama de casa y política.

  • Mª Pilar Prieto Cortés, 60 años,  “nacida y criada en La Cistérniga”. Carnicera. Tengo además la suerte de que sea mi madre.


La noche mágica de Reyes

Yo mismo recuerdo esta tradición, creo que por fortuna no se ha perdido en el pueblo por mucho que se haya podido transformar. Todo comenzaba, como hoy, la noche del día 5; en ella algunos vecinos se reunían para “contactar” con los Reyes Magos e iban a algunas casas a entregar los regalos. Más adelante el propio Ayuntamiento favoreció esto y fué su corporación la que comenzó a contactar con Sus Majestades. “En aquella época éramos muchos menos vecinos” -relata Mª Pilar-, ¿quizá por eso mismo yo recuerdo a Baltasar con los brazos blancos y el resto del cuerpo negro? Al principio no había cabalgatas, pero eso no importaba a la hora de celebrar la esa noche y es que un dato que pocos saben es que La Cistérniga fue el primer pueblo de la provincia en hacer un belén viviente, “mucho antes de que Cabezón de Pisuerga o Laguna de Duero hiceran los suyos” -afirma Tere-. En ese entonces, todos los vecinos cooperan y se reunirán para ver qué podían aportar, llegando incluso a enfadarse si no se contactaba con ellos para aportar su granito de arena. En ese Belén viviente no podían faltar los Reyes Magos, ese es quizá el origen de esta tradición en el pueblo.

Poco a poco nuestro municipio fue creciendo y comenzaron los desfiles: algunos años  en carrozas, otros en caballo, ¡e incluso hubo un año en camellos!. Imaginad lo que suponía ver a Sus Majestades montando a camello por las calles del pueblo, eso significaba que éstos eran los auténticos Reyes Magos y no los que estaban en televisión. ¡Y  además sabían todo de mí! De quién era hijo, quiénes eran mis abuelos, si había sido bueno o malo, ¡¡y hasta lo que les había pedido en la carta!! Eran los propios vecinos quienes participaban de forma activa ofreciendo sus remolques, sus caballos...

Pero lo que marcaba aquella velada eran los nervios, el no poder dormir o el despertarse a las 7 de la mañana como un reloj para anunciar a gritos al resto de la casa (y seguro que a algún vecino también) que “¡YA HAN VENIDO LOS REYES, DESPERTAD!”. Ahí estaban en el salón, en la cocina, debajo del Belén o del árbol; “en nuestra casa, dice Pilar, bajo el belén de la carnicería”... todos los regalos que la noche antes los Reyes Magos se habían molestado en colocar de una manera sumamente sigilosa. Y es que aunque de niños nos costase tantísimo quedarnos dormidos aquella noche de Reyes, su poder mágico era tan grande que no nos dábamos cuenta de cuándo habían llegado, se habían tomado su taza de café, chocolate o la bebida que fuese y las galletas que les dejábamos a ellos y a sus monturas.

Llegaba entonces el momento tan esperado por los más pequeños: ir abriendo, desde el más pequeño de la casa hasta el más longevo, cada uno de los regalos que se encontraban frente a nosotros. Yo aprendí mucho observando aquello: los hay que los abren eufóricos, quienes como yo estaban muy ilusionados pero no lo expresaban, quienes abrían su bolsa de carbón por haberles quedado cinco asignaturas, los que abrían el papel de regalo con mucho cuidado porque “así se podía usar para otra ocasión”...

Y después de abrirlos todos, ¡el desayuno en familia con el roscón de Reyes! Eso sí, “había que cortarlo con mucho cuidado no fuera a ser que te tocase el haba y te tocase pagar” el tan sabroso desayuno -dice Pilar-. Yo recuerdo especialmente el momento después del desayuno en el que todos los chavales bajábamos a la plaza para mostrar al resto nuestros regalos porque, como bien seguro saben, no hay nada más mágico que compartirlos.

 

San Ildefonso

Las fiestas de San Ildefonso eran “muy diferentes a las de ahora” -dice Teresa-, “siempre hacía muchísimo frío”, pero las fiestas eran mucho más cálidas de lo que hoy son porque los apenas ochocientos vecinos que conformaban La Cistérniga se juntaban en el Salón del Baile, situado en la Calle Laguna pegando a la carretera de Soria. Como relator me veo en la obligación de añadir que allí se conocieron mis padres, ella de La Cistérniga y él del Barrio de San Andrés de Valladolid. Hoy viven a unos pocos metros de donde estaba aquel salón. ¡Imaginad la cantidad de historias que me cuentan cuando pasamos por delante!

Las fiestas comenzaban con las vísperas, el día 22 de enero, y eran proclamadas por todos los vecinos; especialmente por los más pequeños que sabían que se acercaban dos días de celebración en los que no había que ir a clase y donde sus padres, albañiles, labradores y trabajadores de las cerámicas, oficios mayoritarios de aquellos vecinos; no trabajaban. Esa noche ya había dos sesiones de baile en El Salón, eran los preparativos de unas fiestas tan importantes como hoy podrían ser las Fiestas del Carmen o, como me dice mi madre, “¡incluso más!”. Había varias sesiones de baile, evento por excelencia de las fiestas junto con la famosa chocolatada; dos abiertas para todo el mundo y tres que se hacían por la noche y cuya entrada estaba prohibida, como veremos, a menores de catorce años.

El día grande era el 23 de enero, por la mañana había una misa amenizada por los músicos (algo que aún se conserva de antaño) en la que se iba a buscar a los cofrades a sus casas. A medio día había un baile que “a día de hoy los de aquella época es lo que más añoramos” cuenta Teresa. Éste solía comenzar a las 13h y era para todos los vecinos. No es de extrañar que para los niños de aquellos años éste fuese el principal evento pues, mientras tenían vedado el acceso al baile de noche en las vísperas, este día sí podían asistir. Por la noche había un momento mágico que, aunque muy adulterado, aún  hoy conservamos: la “chocolatada”. Teresa relata que tuvo que esperar hasta los trece años para que le dejasen ir a hacer el chocolate, pues no era un evento público como lo es hoy en día: “primero en casa de una amiga, luego en la casa de la tía Tere” -dice Teresa-. En aquella época, la “chocolatada” era algo que cada grupo de vecinos hacía para sí, cada casa o cada calle se juntaba y entre todas ponían unas cinco pesetas para comprar el carbón y la leche, aunque, como me decía decía Teresa, para el chocolate “cada una contribuía con una honza”. ¿Sabéis que chocolate digo? ¡Sí, ese que dejaba más grumos que leche! Así pues se juntaban los labradores en casa de uno de ellos, un grupo familiar, un grupo de vecinos… todos ellos bajo un mismo techo para degustar los tan apetecibles chocolates calentitos.

El tercer día de fiestas, 24 de enero, comenzaba muy temprano con la Misa de Difuntos en honor a los Hermanos Cofrades. Ese día se denominaba “Día de Cuentas” y entre los Hermanos Cofrades se repartían refrescos para que no se hicieran bola los gastos de las fiestas. Veremos que este hecho es muy llamativo comparándolo con otras cofradías, pues, a diferencia de aquellas, los Cofrades de San Ildefonso pagaban a escote los bailes, músicos, comidas, sacerdote para las misas, etc. Esa misma tarde-noche se celebraban los últimos bailes en El Salón. En esta ocasión era el propio dueño del recinto quien se encargaba de pagar a los músicos. Los jóvenes sabían que era el último día de festejos y había que aprovecharlo, por ello los que no tenían cumplidos los catorce años buscaban colarse en esta sesión de baile y, si no lo lograban, se quedaban bailando en la misma puerta para calentarse del frío que la noche anterior caldeó el chocolate. Teresa me cuenta que recuerda incluso que muchas chicas empezaban a maquillarse, algo que yo interpreto como un ritual de paso entre la niñez y la adolescencia que veremos cómo se daba en muchas otras celebraciones de un modo similar (quintos, águedas, etc.).

Estas tradiciones se perdieron: los vecinos crecían, se echaban pareja fuera… pero en torno a los años 90, el Ayuntamiento recuperó la idea de la chocolatada, eso sí, ya no eran los vecinos en sus casas quienes lo hacían sino los vecinos en un espacio común -como la nave o el frontón- negocios locales y ayuntamiento colaborraban. Igualmente, se llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento para celebrar el baile de vísperas (siempre que cayese en fin de semana) y el del día grande. 

 

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